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domingo, 23 de enero de 2011

Capitulo 22: Espantapajaros.


Pues si, hoy tengo poco tiempo y menos ganas de escribir, así que os pondré un articulo que escribió un conocido escritor (Andrés Trapiello) en el periódico la vanguardia sobre mi viejo.

22 Días hoy sin probar un "piti", la verdad que con este frió el que sale a fumar fuera le tenían que hacer un monumento!!!!



ESPANTAPÁJAROS

Le gusta a uno hablar con la gente común, porque sus historias, por lo general, son extraordinarias. Entiende uno a quienes se fascinan charlando con los desconocidos en los bares, en los trenes, en las salas de espera. Quien nos contó hace poco retazos de su infancia acabó un tanto apurado, temiendo habernos hecho perder el tiempo. Ah, no, le dijimos, ¿qué cosa mejor podríamos recordar?

Había empezado a trabajar como fontanero a los doce años. Antes, a los ocho, lo había hecho de espantapájaros y repartiendo pan a los pastores de la comarca a lomos de un mulo. El primero de los trabajos consistía en pasarse desde la salida del sol hasta su puesta espantando a los pájaros de los trigales con un gran cencerro y dando voces. ¿El salario? El mendrugo de pan y el trozo de tocino que no tenían en su casa para darle. El otro trabajo, por un bollo pequeño, era más descansado. Y con esas sombras vinieron otras y llegaron solas. Recordaba también cómo los adultos los avasallaban en la cola del Auxilio Social a la hora del almuerzo, que nunca alcanzaba a los chicos indefensos como él, y cómo en su casa comían una sardina entre dos y cómo no sació el hambre hasta los dieciocho años, quería decir que fue a esa edad la primera vez que se levantó de una mesa sin hambre. Se hubiera pensado que estaba hablando de la España del Lazarillo de Tormes, pero ese hombre, recién jubilado, nació en un lugar de Extremadura en 1945, ayer, como quien dice.

¿Acabará mi vida como empezó, pasando hambre?, se preguntaba. Se hizo el silencio que sigue a las preguntas que no tienen respuesta. Él ha oído, como las hemos oído todos, noticias de muy diversas procedencias, que los Estados europeos no pueden asegurar que dentro de veinte años vayan a pagarse las pensiones.

¿Veremos barrer a las ancianas decrépitas las calles, como en el Moscú comunista de 1985? ¿Trabajarán los viejos en las minas como hemos visto en la de San José de Chile hace unas horas? ¿Estas colas de los refugios madrileños de hoy no son las del Auxilio Social de ayer? Nuestro amigo recordaba aún aquellos “dindanes”, el repique de la campana más pequeña de su pueblo cuando moría un niño, y morían de hambre “todas las semanas, como gorriones”. Cada semana los franceses están yendo a la huelga. Aseguran que no tolerarán que suban la edad de jubilación de sesenta a sesentaidós años. Los españoles, a los que se les subirá a sesentaisiete, aceptarían de mil amores jubilarse a los sesentaidós de los franceses. La primera huelga general de la democracia en España, en 1984, se hizo para impedir que se aumentara el tiempo mínimo de las cotizaciones a la Seguridad Social, establecido entonces en dos años. Hoy ese mínimo está en quince y se habla de veinte. ¿Vivimos, pues, el fin de un espejismo, un “adiós a todo esto”? ¿Qué se ha hecho mal para que estemos pasando de la sociedad del bienestar a la del malestar? ¿Estos presentimientos no son más que negras aves agoreras, como aquella que predijo el destierro del Cid? Querría uno alejarlas de nuestros sembrados, desde luego, pero ha visto que estas cornejas ya no le temen a los espantapájaros.

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