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lunes, 21 de octubre de 2013

Capitulo 529: Dos extraños.




Tarde, esto me llega tarde pensaba Sonia mientras hacia su cama. Esa cama que jamás había recibido hasta la fecha, a ningún extraño. Desde que Martín ha vuelto, ella no tiene ojos para nadie. Un gusanillo le recorre el estomago cada vez que se cruza con el. Ha perdido el apetito y la barra de labios se consume más deprisa que años atrás. Los coloretes también son habituales en su rostro a diario y pasa más rato delante del espejo. La peluquería la frecuenta cada vez mas a menudo y aunque no quiere que nadie se de cuenta de que está enamorada de Martín, son varias las voces que recorren el pueblo pregonando que a Sonia le pasa algo.

Martín enviudó bastante joven y ahora recién jubilado, ha optado por vender lo poco que tenía en la ciudad y venirse al pueblo de donde no le quedó más remedio que salir, cuando apenas había cumplido dieciséis años. Toda una vida lejos de sus raíces no le impidió dejar de acordarse de ella. Nunca renegó de su tierra y fueron varios los enfrentamientos que tuvo, tan solo por defenderla.
Sus hijos nacieron en tierra extraña y allí seguían viviendo. Ellos no echaron raíces en el pueblo y era difícil el verlos por el mismo. Tenían asumido que su padre, volvería algún día a su casa y no pusieron mucho reparo el día que con la maleta ya echa, se lo comunicó. ¡Me marcho! Espero que no se os olvide donde esta el pueblo y vayáis a visitarme alguna que otra vez. Esa fue su ultima frase antes de montarse en el tren que ponía rumbo a donde, hacia sesenta y muchos años, que una mañana fría y lluviosa vio por primera vez la luz.

Sonia intentaba provocar el verse mas a menudo con él, así ella creía que algún día Martín, se fijaría en ella. Todavía recordaba perfectamente aquel beso que el le dio en la mejilla, la noche antes de partir hacia la ciudad. A pesar de sus intentos de convicción, no logró que el se quedara y allí quedó truncado para siempre, aquel amor juvenil.
Ella siempre le siguió esperando, a pesar de los muchos pretendientes que a lo largo de su vida, había tenido. Pero a ninguno hizo el suficiente caso, como para quitarse de la cabeza a su querido Martín.

Martín empezaba a darse cuenta, de que Sonia seguía igual de guapa que años atrás, donde él una tarde en el baile, fue capaz de declararla su amor. Aunque aquello duró poco tiempo por culpa de la emigración.
 ¿Y si la invito a cenar y recordamos viejos tiempos? Pensaba aquel hombre esbelto y corpulento, con no demasiado cabello en la cabeza.
 Comprando el pan se dirigió a ella y con la voz entrecortada, fruto de la vergüenza, logró invitarla a cenar en el único restaurante que existía en el pueblo. Ella sonrojada y extasiada ante aquel ofrecimiento, estuvo a punto de contestar que no. Pero no porque no quisiera, sino que la vergüenza casi logra hablar por medio de ella.


Hoy es el día, y mientras él se arregla poniéndose su mejor camisa y su mejor corbata, ella ha desempolvado uno de los vestidos más bonitos que tiene en su armario. La verdad que está preciosa y ver su sonrisa, contamina al mas serio que pueda pasar a su lado.
Son felices y lo merecen, el tiempo no puede ser un obstáculo en el amor. Ahora les toca vivir mas deprisa si cabe, tienen tanto que contarse que piensan que los días deberían de tener treinta y ocho horas como poco. Y aunque algunos comentan por el pueblo la palabra boda, ellos no piensan si quiera en ello. Siguen viviendo a tope intentando abarcar todo lo que estos años no pudieron.


¿Quién dijo que el amor tiene edad y fecha en el calendario?

jueves, 30 de mayo de 2013

Capitulo 488: El mirón de obra.



Uno de los oficios más antiguos que se recuerdan, junto a otros como el de afilador, el sillero, el “jolatero” y alguno más que ahora no me viene a la mente, está en peligro de extinción por culpa de la crisis.
 Este oficio no es otro que el de mirón de obra. Dicho oficio no pasa por su mejor momento, dado que la crisis del ladrillo, casi ha acabado con el.

Estos días atrás he tenido la suerte de nuevo, de encontrarme con uno de esos profesionales casi en peligro de extinción y que a su vez, la verdad que se echan de menos en las obras por parte de nosotros, los albañiles.

En este oficio no hace falta haber estudiado mucho, el único requisito que se pide es el tener mucho tiempo libre. Si puede ser estar jubilado y si quieres engordar tu currículo, es bueno el haber trabajado alguna vez en el sector de la construcción, eso sin duda da muchos puntos a la hora de ejercer esta profesión.
Como en todos los oficios que existen en el mundo, hay mirones buenos, mirones regulares y mirones malos, bueno mejor dicho, mirones cansinos.

El mirón cansino sin duda es el que peor nos cae a todos los que estamos en una obra. Su profesión consiste en saber todo tipo de trabajos que se estén realizando en la obra, da igual que sean de fontanería, de electricidad o de albañilería, él sabe de todo y por supuesto lo sabe hacer mejor que cualquiera que lo esté realizando. Siempre da su opinión sin que nadie se la pida y lo más normal es que acabe por estorbar a alguien de la obra poniéndose en el medio.

El mirón regular es el individuo que acude a la obra antes que ninguno de los demás mirones. No suele saber mucho del oficio y por lo tanto no suele dar opiniones a nadie de cómo realizar los trabajos. Lo malo de estos señores es que dan lecciones a los compañeros mirones, normalmente a los cansinos que casi siempre suelen acabar discutiendo entre ellos, delante de todos los obreros, como si a nosotros nos importaran mucho sus discusiones.

El mirón bueno sin duda es aquel que llega sigilosamente a la obra. Muchos días suelen asustar a alguno de los obreros que no se han percatado de su presencia. Si ya existe en la obra alguno de los anteriores mirones, no para, sigue su camino hasta otra obra que no esté ocupada por ningún mirón. Si tiene suerte y no hay nadie, para a cierta distancia de la obra. Sabe guardar una distancia prudente aunque no esté marcada en ningún lugar. Echa un vistazo a lo que se lleva hecho desde que abandonó la obra el día antes, hasta el momento en que llega de nuevo y solo con eso sabe, si el día se ha dado bien o si por el contrario, ha habido algún problema con algo.

Nunca opina de nada relacionado con la obra. Le da igual si algún ladrillo o algún bloque esta torcido, o si algún “lucido” esta agrietado o no tira bien para ser asistido. A él solo le gusta ver pasar el tiempo recostado en la pared de enfrente.

Su conversación más frecuente empieza con el tema meteorológico, sin duda alguna es lo que más le preocupa. Por encima de cualquier otro tema relacionado con la obra. Si hace calor y alguno de los obreros tiene la desgracia de estar trabajando al sol, suele darle ánimos diciéndole entre otras cosas, que se va a poner moreno antes de tiempo. O que tiene que ponerse una gorra para que el sol no le dé mucho en la cabeza.

Si hace frio, los ánimos los cambia por alguna frase como: “Hay que hacer un poco de lumbre, que os vais a congelar”. Siempre tiene salida para todo, da igual el tiempo que haga.

Su presencia en la obra, al contrario que los otros mirones, no suele ser muy larga, lo suficiente para no molestar. Es difícil hacer eso y por eso tiene la categoría de mirón de primera, categoría que los otros dos no podrán alcanzar nunca con sus aptitudes.

Su despedida la suele hacer con esta frase: Me voy “carrileando” para otra obra, a ver si pasa pronto la tarde, que en estas fechas son demasiado largas.


Espero que la maldita crisis del ladrillo no acabe con este oficio y cuando nos toque jubilarnos a nosotros, o sea, cuando cumplamos los ochenta tacos. Podamos graduarnos en esta bonita y antigua profesión como es la del mirón de obra, que a día de hoy, se encuentra gravemente herida.

martes, 14 de mayo de 2013

Capitulo 482: Ogros al volante.





Y una semana más, Trujillo vuelve a salir en prensa por hechos inauditos y que no caben en cabezas humanas. Cuando creíamos que lo habíamos escrito todo, unos jóvenes “valientes” vuelven a hacer que nos pongamos todos, las manos en la cabeza y nos restreguemos los ojos, para creer lo que nos han contado los propios involucrados en la historia.

Ellos, el matrimonio, todavía cinco días después, se siguen preguntando el porqué de esa acción hacia sus personas y piensan que están vivos de puro milagro, gracias sin duda a la actuación de algunos peatones que en ese momento pasaban por allí. Toni, el marido implicado en el asunto, comentaba que hubo un momento en que temió por su vida, lógico y normal, si ves como cuatro o cinco jóvenes, se ensañan contigo a puñetazos y patadas, a pesar de estar en el suelo. Lo más triste fue el saber que les dio igual la edad y el sexo, puesto que a su mujer, también la tupieron de golpes. Este matrimonio de setenta y tres años de edad, es muy conocido en Trujillo y por suerte, son buenos amigos míos también.

Las secuelas que les quedan de la paliza al matrimonio además de dolores físicos, son también dolores psíquicos, y es que es normal que estén acojonados después de lo que les han hecho.
Al hilo del tema y después de hablar con uno de sus hijos el día después de los hechos, me dio por pensar en que dichos hechos son una verdadera temeridad, pero que le pueden pasar a cualquiera, visto que los recortes en educación empiezan a hacer efecto en la sociedad.

Y me explico. Estos días atrás, después de incumplir una señal de tráfico por mí parte, señal que no vi por ningún lado. El conductor del coche contrario se puso conmigo en cinco uñas. Yo acobardado todavía por lo cerca que habíamos andado de tener un accidente, no fui capaz de reaccionar al pronto. Tuvo que pasar más de un minuto para que volviera en sí y me diera cuenta de la cantidad de insultos que estaba recibiendo del conductor. Lejos de venirse a razones y ante mis palabras excusándome y pidiéndole perdón, el siguió a lo suyo. Parecía como si le hubieran quitado un inexistente bozal que llevara y toda la bilis que tenía en su cuerpo, debía de sacarla en dos minutos.

Creo que mi falta de atención hacia dichos insultos, fue lo que me salvó de no verme implicado en algún altercado más grave. Esos insultos en cualquiera otra situación, sin duda que hubieran bastado para que dicha infracción, la hubiéramos arreglado a guantazos limpios los dos allí mismo. Sin duda que, una vez que continuamos nuestros caminos, fui pensando en lo que me había ocurrido y en cómo había actuado. Al principio creo que me sentía orgulloso de mi actuación, pero según fueron pasando las horas y fui contando mi peripecia a familiares y amigos, me fui dando cuenta de que había estado demasiado permisivo con aquel señor. Que dicho por otra parte, no sé qué coño se creía que era, puesto que a simple vista, no tenía más de dos guantazos seguramente, pero el ladraba como si supiera artes marciales (que no me extrañaría tampoco).

Y es que lo que está claro es que al volante, todos o por lo menos una gran mayoría nos volvemos ogros. Personas sin paciencia ninguna y sin ninguna educación, puesto que a la mas mínima, estamos insultando al de delante. Si se cruza un peatón, también le regalamos algún que otro insulto. Si para un coche un momento delante de nosotros y seguramente que sin llevar prisa, nos molesta dicha parada y un: “Que hará el gilipollas este”, sale seguro de nuestra boca. Si el de delante circula a menos velocidad que la nuestra, un: “vaya huevos que usa el tío este” sale de nuestra boca. Si encima es una persona mayor el que va conduciendo, a parte del insulto anterior, le regalamos un: “Como coño no le quitaran el carnet a ese viejo, si no ve tres en un burro” o un: “Como dejaran conducir a gente tan vieja”. Y soltamos dichos insultos como si ese gesto fuera normal o incluso obligatorio a la hora de sacarte el carnet de conducir, cuando lo normal y lógico es que nos enseñaran a comportarnos como verdaderas personas y no como los ogros que somos una amplia mayoría. Porque no me creo que ninguno de los que leáis esto, alguna vez en vuestras vidas, no hayáis dicho por vuestras bocas la tan manida frase de: “Mujer tenía que ser”.

Reconocerlo, delante de un volante no somos personas, somos ogros.

Mucho ánimo al matrimonio Iglesias, desde aquí les deseo una pronta recuperación y que el peso de la ley, caiga sobre los culpables y se haga justicia. Aunque esto será difícil que ocurra, como siempre…

jueves, 9 de mayo de 2013

Capitulo 480: El hombre que susurraba a los tomates.


La vida no fue justa con él, aunque quien es el guapo a decidir lo que es justo y lo que no. El siempre agachó la cabeza y aguantó lo que se le vino encima. Algunas veces con más dolor que otras. Estaba claro que el recibir golpe tras golpe, le había hecho un hombre de hierro, lo más parecido a un boxeador, que lejos de rendirse y dejar su profesión, necesitaba de aquellos golpes.

Recuperándose de uno de esos golpes estaba, cuando alguien cercano a él le ofreció aquel terreno, donde si él quería, podía dedicarse a pasar el rato. Disponía de una gran tierra donde poder sembrar y dedicarse a la horticultura, aunque bien es cierto que jamás antes, había hecho nada de aquello. Nunca le dio por fijarse en la gente que tenia huertos, ni tampoco preguntar cómo se sembraba esto y aquello, quizás porque hasta la fecha, nunca le había llamado la atención.

Le pidió unos días de reflexión a quien le ofreció aquel huerto, antes de tomar una decisión. Aunque fuera una tontería, las tres siguientes noches no durmió bien. Cada dos por tres le venían las imágenes de aquel huerto junto a las lechugas, tomates y alguna hortaliza más que no lograba adivinar lo que era. Así al cuarto día, decidió decirle que si y quedarse con aquellas tierras, donde poco a poco, lograría pasar los días sin pensar en nada que le hiciera daño.

Los primeros días fueron duros, tuvo que “zachar” todo el huerto, que mostraba los años que llevaba sin que nadie le hubiera trabajado. Llegaba todos los días a casa cansado como nunca hasta la fecha, pero lejos de amilanarse, aquello le daba más fuerzas para levantarse al día siguiente con las mismas ganas de trabajar que el día anterior. Así poco a poco, en pocos días, lo tuvo todo cavado. Lo siguiente seria el decidir que sembrar y lo que es peor, como hacerlo, puesto que no tenía ni idea.

Un amigo de la infancia se ofreció un día que paso por allí, a enseñarle cuando tuviera toda la tierra movida y así lo hizo cuando Tomas, se lo pidió. Los dos juntos una mañana, se dedicaron a sembrar cebollas. Al día siguiente sembraron patatas y días más tardes, unos ajos. En apenas dos meses Tomas tenía aquel huerto que no se le conocía. Todo estaba verde y pronto empezó a recoger los frutos sembrados. Fue un orgullo para él, coger las primeras cebollas, que junto con alguna lechuga, le sirvieron para cenar varias noches. Todo le iba bordado, se le notaba feliz y apenas tenía tiempo para pensar en sus desgracias.

Cuando se dio cuenta de que no era capaz de comerse todo lo sembrado, empezó a regalar de todo. Alguna que otra vez, si quien le pedía algo era gente de bien, en lugar de regalarlo, se lo vendía. No le hacía falta el dinero, pero sus principios y sus recuerdos, le impedían regalar por igual a unos que a otros.
No todo era sembrar y recoger, había épocas en las que el trabajo era más duro y tenía que esforzarse un poco más. Pero le daba igual, era feliz en su huerto. Preparó una especie de chabola para los días de lluvia poder refugiarse y de esa manera pasaba los días de invierno en los que siempre había algo que hacer también en el huerto.

Había pasado más de un año desde que sembrara aquellas primeras cebollas, cuando el que le había prestado el huerto fue a verle a su casa. Con gesto serio le dijo que había vendido el huerto, puesto que le había salido una buena oferta y no había podido resistirse. Aquella noticia le sentó como un golpe bajo, un dolor de estomago le entró de repente y por arte de magia, le vinieron ganas de vomitar. ¿Cómo podían hacerle eso? ¿Por qué ahora cuando mejor le iba en la vida?

Le dieron dos meses de plazo para que recogiera todo lo sembrado, antes de que las maquinas comenzaran a construir una gran casa que el nuevo dueño, quería prepararse.

Sin ganas de vivir, Tomas iba al huerto todos los días, pero aquello ya no era felicidad. Parecía más un funeral que cualquier otra cosa. Y es que la verdad que lo era. Las patatas dejaron de existir, al igual que las cebollas, los ajos y las lechugas. Tampoco quedó ningún haba, ni ninguna fresa. Todo lo fue arrancando poco a poco. Así el día que cumplía el plazo que le habían dado, aquel huerto se parecía más a un desierto.

El día que vio las maquinas allí trabajando no pudo aguantar aquello y decidió ir a su casa, hacer una maleta con algo de ropa y se dirigió a la residencia que existía en su pueblo. Después de hablar con el encargado, le dieron una habitación en la cual alojarse, y allí se dispuso a esperar paciente a que llegara su día.

Todavía años después, se sueña con aquel huerto lleno de tomates, lechugas y las mismas hortalizas que años atrás, nunca supo lo que fueron, y que ahora, no se siente con fuerzas para adivinarlo.

Capítulo 1036: Finde en Peniche y Las Islas Berlengas.

  A pesar de que el calendario marcara el mes de julio, saliéndonos de nuestros meses de viaje, nos animamos a ir a tierras portuguesas dond...