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miércoles, 10 de abril de 2013

Capitulo 465: Mereció la pena esperar.



Fueron muchos los días en que después de dar un buen paseo, acababan los dos sentados en aquel banco, el cual fue víctima con el paso de los años de los vándalos. Ya no queda de aquel banco, pero a ella no se le olvida jamás donde estuvo siempre.

Allí sentados, ambos se prometían la luna. Eran años muy felices, años de amor sincero que ellos pensaban que nada ni nadie, podría destruirlo. Después de planear su futuro en varios paseos, a él, le toco ir a servir a la patria. Habían hablado de que a su regreso se unirían en matrimonio para siempre y entonces serian todo lo felices que tenían pensado ser.

 Pero una vez que el mozo ocupó su destino, todo fueron despropósitos. Tuvo mala suerte en su cuartel, muchas guardias, mucho puteo entre compañeros y él no fue capaz de llevar aquello muy bien.
Así lo único que se le pasó por la cabeza fue pedir un cambio de destino. Y en lugar de estar a poco más de cuatro horas de su amada, le mandaron a la otra punta de la península, con lo que sabía que hasta que no lograra licenciarse, no volvería a estar al lado de su amor.

Los meses fueron pasando poco a poco. Las cartas se cruzaban en el camino casi todas las semanas y así fueron llevando aquel alejamiento lo mejor que pudieron. Al cabo de dos años le tocó licenciarse, pero por entonces él había conseguido un buen trabajo en la zona donde había hecho el servicio militar. Se lo comunicó a ella antes de la licenciatura y como no podía ser de otra manera, no se lo tomó muy bien. Esperar dos años para volver a reunirse con su amor y que aquello no se produjera, fue un golpe muy duro para ella.

Los años fueron pasando y las cartas dejaron de cruzarse por el camino. Ella, aunque nunca se lo dijo a él, le siguió esperando toda su vida y a pesar de tener múltiples pretendientes, jamás quiso unirse a ningún hombre que no fuera su querido y amado novio de toda la vida.
El, también tuvo alguna aventurilla, pero nada en serio. Nunca compartió lecho ni casa con ninguna mujer y muchas veces se preguntaba que habría sido de aquella muchacha que le cautivó el corazón cuando solo tenía dieciocho años.

A los sesenta años le llegó la jubilación y pensó que era buen momento para volver a su pueblo y asentarse en el. Vendió todo lo que tenía en la capital y compró una casita pequeña en aquel pueblo. Los primeros días casi nadie le conocía o pocos se acordaban de él. Luego, con el paso de los meses, volvió a reencontrarse con los amigos de juventud y poco a poco fue integrándose en un pueblo, que no se distinguía por ser muy abierto con sus nuevos visitantes.

Un día tomando un café en el único bar que existía, salió la conversación de aquellos noviazgos de juventud. El no tardó en preguntar por el paradero de aquella novia suya, con la que fue tan feliz aquellos años. Su sorpresa fue mayúscula al saber que seguía en el pueblo. Soltera y sin nadie que la cortejase. Se armó de valor y se propuso aquella tarde hacerle una visita. Ella no le reconoció al pronto, pero una vez que le escuchó hablar, un cosquilleo le recorrió todo su cuerpo. El mismo cosquilleo que cuarenta años antes, le recorría a diario su cuerpo cuando estaba con él.

Ahora es raro el día en el que no se les ve pasear juntos de nuevo. Tienen tantas cosas que contarse, que se les hacen pequeños los días y piensan que deberían de tener más de cincuenta horas cada uno.
Hoy han quedado en un banco próximo al que existía por aquellos años. Los dos traen las cartas que por entonces se escribieron y hoy piensan leer de nuevo juntos los dos. Ya nada les volverá a separar y aunque no tienen pensado unirse en matrimonio por ahora, nadie del pueblo lo descarta en futuro próximo.

Hoy la vi barriendo su puerta y al verme, me dijo muy bajito: la verdad que mereció la pena esperar tantos años… Se la ve tan feliz que siento una envidia sana por sus sentimientos, que a pesar de los años, siguen intactos hacia su amor de toda la vida.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Capitulo 393: Por una rendija.





Por una rendija de la puerta aprovechó para salir al exterior. Fuera hacia un día esplendido y el sol brillaba como hacía tiempo que ella no tenía la oportunidad de ver.

Casi dos años desde que la trajeron sus hijos y pocas visitas en su currículo. Jamás pensó en verse de esa manera, sola y triste, muy triste. En toda su estancia allí dentro, no había logrado hacer amigas. Quizás el dolor que sentía en su alma, la impedían relacionarse con nadie.

El alzhéimer iba ganado terreno en su salud, aunque bien es cierto que ella se daba cuenta de ello.
Al pasar delante de aquella residencia la vi en la puerta. No se movía de allí, tan solo tenía la cabeza levantada hacia delante para aprovechar que el aire que corría le diera en su cara e incluso le moviera el pelo. Ese cabello que hacía mucho tiempo que no brillaba.

 Me quedé observándola un buen rato desde un banco que había justo en frente y que ocupé para desde allí, seguir mirando a aquella señora. La puerta que había justo a su espalda se volvió a abrir, de ella salió un vehículo en el cual unas letras amarillas, manchaban su color negro. Ponía algo de extintores, no logré verlo bien. Su ocupante no llegó a preocuparse si quiera por aquella señora que sin ser muy inteligente, podía saberse que se había escapado de donde él había estado trabajando. Se abrochó el cinturón de seguridad y desapareció por la carretera que había paralela a la residencia.

La anciana seguía en el mismo sitio, me di cuenta de que hablaba sola, desde donde me encontraba no podía entender ni una sola de sus frases, pero se la veía feliz allí, disfrutando de aquel sol magnifico. Cuando aquella mujer empezó a moverse de aquel sitio, sentí temor por ella, la carretera estaba demasiado cerca y cualquier coche podía ser su perdición si ella cruzaba la calle. Antes de volver a pensar en las trágicas consecuencias que podía traer aquello, me levante de aquel banco y fui a su encuentro, justo en el momento que ella ponía un pie en el asfalto.

_ ¿Dónde va usted? La pregunté.

_ A mi casa, que me esperan mis hijos y estarán preocupados.

_ ¿Vive muy lejos de aquí? La volví a preguntar de nuevo

_ Si, bastante lejos, pero llego enseguida.

_ ¿Por qué no se sienta conmigo en este banco y esperamos a que venga alguno de sus hijos a por usted?

_ No, déjalo hijo, yo sé bien ir sola, no te preocupes.

Antes de que se fuera la mujer por la acera caminando, volví a insistir en que ocupara el banco aquel conmigo y lo único que se me ocurrió fue decirla que yo conocía a sus hijos. Entonces ella, sin yo decirle nada, volvió sobre sus pasos y se sentó en aquel banco. Su cara había cambiado sustancialmente, la palabra hijo fue para ella un bálsamo y para mí un verdadero calvario el seguir con aquella farsa.

_ Mi hija es muy guapa verdad, me preguntaba aquella señora con los ojos a punto de estallar en llanto.

_ Guapísima, le contesté yo, sin saber quién era aquella mujer a la que esta señora se refería.

_ Vive muy lejos de aquí, por eso no viene a verme, pero un día vendrá con mis nietos y nos iremos todos juntos a su casa, eso será pronto si Dios quiere, dijo aquella mujer.

_ Como se llama usted, la pregunté por curiosidad.

_ Me llamo Encarnación, hijo, aunque todos mis paisanos me llaman “Encarni”.

_ Muy bien Encarni, pues si quiere le acompaño yo hasta su casa, que usted no puede caminar mucho rato


sola.

_ Gracias hijo, muchas gracias. Vamos hasta allí y esperamos a que venga mi hija a por mí.

Con una dificultad que antes de sentarse en aquel banco no tenía, Encarni intentó levantarse sin éxito. Al ver su reacción la agarré de sus dos manos y la ayudé a ponerse de pie. Juntos apoyada ella en mi brazo, nos encaminamos hasta la puerta de la residencia donde al vernos llegar, una cuidadora salió a nuestro encuentro.

_Donde andas Encarni que llevamos buscándote un buen rato.

_ Vengo de dar un paseo con mi hijo, que ha venido a visitarme.

La cuidadora me miró con cara de pena, puesto que me conocía de sobra y sabia que yo no era el hijo que aquella mujer la estaba diciendo. Antes de que ella dijera nada la guiñé un ojo para que lo dejara así, Me dolía mucho romper aquel momento negando a aquella mujer esa ilusión con la que había entrado de nuevo en la residencia.

_ Bueno Encarni, me voy a trabajar, la dije. Mañana si puedo me paso a verte otra vez.

_ ¿Ya te vas hijo? Me dijo entre lágrimas, que pronto.

_ Mañana vuelvo.

Ella me cogió del cuello y me acercó su cara a la mía dándome los besos que solo las mujeres mayores saben dar.

_ Ten cuidado con la carretera, hijo. No corras mucho y dale muchos besos a mis nietos. El próximo día te los traes.

Antes de irme la cuidadora me ha explicado que Encarni sufre alzhéimer desde hace ya algún tiempo y que sus hijos vienen poco a verla. No he querido saber más de aquella conversación. Antes de seguir mi camino he mirado hacia la ventana de la habitación de Encarni, ella estaba allí, asomada a ella y dándome con la mano a modo de despedida.

Mañana vuelvo, aunque me da miedo que ella no me reconozca. Pero da igual, por lo menos hoy he podido hacerla un rato feliz, mañana ya veremos.

Que poco hace falta para hacer a alguien feliz.

Capítulo 1036: Finde en Peniche y Las Islas Berlengas.

  A pesar de que el calendario marcara el mes de julio, saliéndonos de nuestros meses de viaje, nos animamos a ir a tierras portuguesas dond...