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martes, 9 de abril de 2013

Capitulo 464: Olores inconfundibles.




Al abrir la puerta de aquella cocina, me topé con un olor familiar. Al momento no supe asociarlo a nada en concreto, pero una vez que pasaron unos dos minutos, empezaron a venir a mi memoria aquellos días en que nuestras madres, nos mandaban cargados con aquellas inconfundibles lecheras de cinc, en busca de la leche fresca.

Solíamos quedar los amigos, puesto que algunos de nosotros íbamos al mismo lugar a por la leche. Otros, sin embargo, iban a otras lecherías, peo luego casi siempre nos juntábamos a la vuelta.

Al entrar en aquella cocina, lo primero que veías eran dos lecheras grandes, en las cuales el marido de la lechera, había echado la leche conseguida en el último ordeño vespertino. El ordeño de por la mañana, algunas veces era repartido por las calles del pueblo, mediante un coche de los primeros que hubo en el pueblo, donde la mujer del ganadero, sentada en una silla en la parte trasera de aquella furgoneta, iba llenando aquellas lecheras que las vecinas arrimaban a dicho coche. Unas pedían medio litro. Otras, cuarto y mitad. Algunas lecheras, sobre todo las de casas de familias numerosas, eran más grandes que las normales y tenían capacidad para albergar un par de litros, que luego por la tarde-noche, había que volver a llenar de nuevo. Al entrar nosotros la lechera nos daba las buenas tardes y nos preguntaba la cantidad de leche que íbamos a querer. Nosotros contestábamos casi siempre que la lechera llena, por lo que más o menos un litro de leche había que llevar a casa. La manera de medir la cantidad siempre me quedaba alucinado, al ver como tenía varios envases de plástico de varias medidas. Cogía uno un poco más pequeño para sacar la leche de las lecheras grandes y lo vaciaba en otro un poco más grande. Luego de este otro, lo echaba en uno un poco mayor, así hasta que la leche llegaba a nuestras lecheras. Todo esto sin verter ni una sola gota de aquel liquido tan preciado.

A la hora de cobrar la leche, aquella mujer poseía un cajón de madera con varios compartimentos, donde apartaba las monedas de duro, las de cinco duros, la de diez duros y las de cien pesetas o veinte duros, como prefieran ustedes llamarlas. No me acuerdo del precio del litro de leche, lo que si tengo en la memoria fresco, es que siempre nos daban el dinero justo y rara vez llevábamos nada de vuelta a casa. Antes de marcharnos de aquella cocina, volvíamos a respirar aquel olor a leche fresca antes de salir y alguna que otra vez la lechera nos mandaba recado a nuestras madres, diciendo que al día siguiente dispondría de “calostros”, por si alguna los quería. Nosotros casi nunca dábamos aquel recado, unas veces porque no nos acordábamos y otras veces, porque a más de uno no le gustaban, así de esa manera, evitaban el tener que consumirlos al día siguiente. Luego, si algún día se encontraba la lechera con nuestras madres y le consultaba lo de los “calostros”, la bronca estaba asegurada, aunque nosotros la evitábamos diciendo aquello tan socorrido como era el “sema olvidao”.

Lo mejor venia una vez en la calle, cuando nos encontrábamos los que habían ido a una lechería y los que veníamos de la otra. Entonces empezaba aquel concurso que se trataba de dar la vuelta a la lechera sin verter ni una sola gota. Cosa que algunos (yo no), eran verdaderos artistas y jamás los vi derramar ni una sola gota de aquel liquido. Desde la puerta de la casa de la mujer que nos vendía la leche, hasta nuestras casas, daba tiempo para intentar dar el mayor numero de vueltas a aquellas viejas lecheras, las cuales más de una, habían visitado ya la mano de Felipe “Colina”, seguramente fruto de algún accidente, producido un día de concurso.

Todavía recuerdo la cara que se le quedó a uno de mis amigos, cuando en plena demostración de equilibrio y destreza, aquella lechera salió por los aires, sin el asa que se quedó viudo en la mano de mi colega. ¿Y ahora qué? Presentarse en casa con la lechera rota y vacía era un asunto difícil de explicar. Lo más seguro era que alguna hostia cayera, por muchas excusas que pusieras a tu madre, todas ellas inventadas por supuesto. Después de cobrar lo tuyo, te tocaba volver rápidamente en busca de más leche. Con una lechera prestada por alguna vecina para la ocasión, salías a doscientos por hora por aquellas calles de rollos, donde caerse era asegurarse el tener rodilleras. Cuando llegabas otra vez a casa de la lechera, está, muy sabia se imaginaba lo que había pasado y para hacerte de rabiar te decía que no la quedaba más leche. Así a ti, te saltaban todas las alarmas y rezabas de nuevo antes de llegar a casa y recibir otra tunda, por dejar a toda la familia sin leche. Cuando ibas a salir por la puerta en busca de todo lo anteriormente pensado, la lechera te decía que era broma y con lágrimas de la risa que la había entrado al ver tu cara, te llenaba de nuevo la lechera, diciéndote que era el último litro que la quedaba.

Una vez en la calle, ibas “procesionando” con aquella lechera camino de tu casa. Ni una sola carrera. Ni un solo movimiento extraño a dicha lechera. Normalmente, aparecía el amigo cachondo que te había espiado para ver como ibas de nuevo en busca de leche y te decía que si jugabas a dar vueltas a la lechera. Tu, con cara de pocos amigos, le mandabas directamente a la mierda y continuabas con tu procesión hasta tu casa, un camino que normalmente era corto y que en esas circunstancias, se te hacia eterno.

Una vez en casa tenías que soportar la bronca de tu padre, enterado por medio de tu madre de tu estropicio…

Hoy, al tener que tumbar aquella cocina donde tantas veces fuimos en busca de la leche. Parece que estoy tumbando una parte de mi niñez y siento un dolor en el pecho al pensar en aquellos años maravillosos que vivimos.

Me voy, que tengo que ir a por leche semidesnatada, con calcio y no sé qué pollas en vinagre mas. Tanta historia nueva en un litro de leche y cada día estamos más “cascados”. Con la salud que teníamos cuando mas de una vez nos bebíamos aquella leche sin cocer, incluso directamente de la teta de la vaca, cuando íbamos a ayudar a los ganaderos del pueblo que tenían vacas lecheras.

Qué pena da hacerse mayor y darte cuenta de ello.

jueves, 2 de agosto de 2012

Capitulo 327: El abuelo y el nieto.





Había una vez un abuelo el cual tenía varios nietos con los cuales disfrutaba. El mas pequeño de ellos era por su edad el preferido de aquel abuelo que siempre intentaba darle a aquel nieto, algún capricho más que a los otros, aunque es verdad que siempre con cualquier cosa aquel niño se conformaba. Eran uña y carne y siempre que podían estaban juntos. Si el abuelo hacia alguna “chapucilla” en casa, él le ayudaba, si regaba las plantas, el nieto le ayudaba, si salían a tirar la basura, el nieto iba siempre con él.

Un día de verano después de algunos achaques, los médicos decidieron ingresar al abuelo para hacerles varias pruebas. Ese día como era rutinario, el nieto subió a casa de su abuelo para verle pero no le encontró allí, preguntó a sus padres por él, pero estos decidieron que no era oportuno decir a su hijo lo que pasaba a su abuelo.
El nieto empezó a sospechar que algo raro ocurría, su abuelo y confidente no venía a buscarle a casa, no sabía dónde estaba. El nieto preguntaba a sus padres por él, pero nadie le hacía caso. Un día el padre creyó oportuno contarle la verdad a su hijo, aunque creía que era demasiado pequeño para enterarse de lo que pasaba.

_Veras, a tu abuelo le están curando en un hospital, para que pueda volver a jugar contigo.
_ ¿Es que le duele algo?, A mí nunca me dijo que estuviera malito.
_ Sí, pero tu tranquilo que pronto estará de vuelta para jugar contigo.

Aquel niño ese mismo día después de hablar con el padre, empezó a mostrarse agresivo con sus hermanos, no quería jugar con ellos y estaba enfadado por lo de su abuelo. Creía que él estaba malo por su culpa, porque no había sabido curarle ni ayudarle cuando jugaba con él. Que había enfermado por estar siempre pendiente suya. Para desahogarse cogió un rotulador y pintó todas las paredes de casa, creía que de esa manera su abuelo se pondría mejor. Su padre se cabreó con el niño, no sabía cómo no habiéndolo hecho nunca, había actuado así.

Antes de castigarle al niño, el padre habló con él.
_ ¿Por qué has hecho eso? Tú sabes que en las paredes no se pinta. Te voy a castigar sin salir del cuarto y sin ir a la piscina.
_ Me da igual, mejor, así me estaré aquí en casa todo el día, si no viene mi abuelo a mi casa, no quiero salir a ningún lado.
El padre se dio cuenta de que su explicación de la enfermedad del abuelo no había sido la más correcta, mas aun viendo como había reaccionado el niño.
_Sabes, si cogemos los dos un paño y limpiamos las paredes, seguro que el abuelo viene pronto.
Al niño se le encendieron los ojos, corrió en busca de un paño, un cubo con agua y restregó aquellas paredes con tal ansia que se hacía daño en las manos limpiando. Cuando acabaron el niño volvió a preguntar al padre por su abuelo.

_ Monta en el coche, que vamos a por él a la residencia.

Al ver el niño a su abuelo comenzó a llorar como una magdalena, se abrazó a él y le dio muchos besos. Aquel abuelo aguantándose las ganas de llorar como pudo, abrazó también a su nieto y en voz baja le dijo:
_ ¿Qué tal quedaron las habitaciones pintadas?

El niño miró a su abuelo a la cara y comenzó a sonreír…..

Capítulo 1036: Finde en Peniche y Las Islas Berlengas.

  A pesar de que el calendario marcara el mes de julio, saliéndonos de nuestros meses de viaje, nos animamos a ir a tierras portuguesas dond...