A pesar de que el calendario marcara el mes de julio, saliéndonos de nuestros meses de viaje, nos animamos a ir a tierras portuguesas donde nos esperaba un finde diferente al que normalmente planeamos cuando vamos de rutas senderistas.
Esta vez la aventura mas que en tierra, era navegando por el atlántico. Y dicha novedad es cierto que nos animó a apuntarnos para vivir otra experiencia nueva.
La hora de salida era a las tres y cuarto de la madrugada, la verdad que nos dio tiempo a echar un picón antes de ponernos en ruta. A pesar de venir muchos viajeros nuevos, el buen rollo siempre está presente en este autobús y los más veteranos siempre nos gusta estar pendientes de ellos para que se sientan a gusto todo el fin de semana.
Una parada en Miajadas para recoger algún viajero
más y ponemos rumbo a Badajoz, donde haremos la primera parada para estirar piernas y hablar un rato con los viajeros que nos caen un poco mas lejos en el autobús. Se nota en el ambiente las ganas que hay de barco y la inquietud que existe entre quien se suele marear, deseando que no ocurra nada de eso.
La llegada a Peniche es la hora de desayunar y uno es cuando se da cuenta de que estamos en Portugal, puesto que sin animo de ofender, sus gentes viven y trabajan con el freno de mano echado, que seguro que para la salud es buenísimo, pero nos cuesta comprender a los que vivimos siempre acelerados.
Como buenamente podemos vamos tomándonos el café y algún dulce típico de la zona mientras esperamos la salida del barco. A simple vista el mar no parece muy cabreado, pero todo parece cambiar una vez que todos estamos acoplados en nuestros asientos. Salir a mar abierto te hace darte cuenta lo insignificante que somos y cuando el barco comienza su pelea con el mar, a más de uno se le pone el café y los dulces en la garganta y ya no serán capaces de que se baje de ahí en todo el viaje. Varios tienen que tirar de bolsas y otros ríen y chillan con las olas que nos llegan a mojar, por no llorar.
El viaje son unos cuarenta y cinco minutos, pero estoy seguro que a muchos se les hizo mucho mas largo en el tiempo. Cuando llegas a la isla te das cuenta de lo bonita que es el agua gracias al color de la arena y las rocas. Tienen limitado los visitantes puesto que la zona no da para más. Una playa pequeñita y un par de bares donde no te puedes recostar mucho tiempo si quieres volver con euros en el bolsillo.
Una vez allí nos queda dar el paseo en barca para enseñarnos los túneles que el agua se ha encargado de ir generando y la fortaleza, desde donde arranca un paseo que te lleva hasta el faro y baja de nuevo al lugar de partida. Nos da tiempo todavía a darnos un baño e ir nadando hasta otro de los túneles que el agua a escarbado. Es impresionante lo que uno siente allí metido además de disfrutar de la buena temperatura del agua.
Toca volver y para la suerte de los mareados en la ida, el mar se muestra super calmado y el viaje es mucho más rápido que en la ida aunque mucho mas aburrido...
La vuelta hasta el hotel la hacemos en bús, puesto que hay un cuarto de hora andando desde el puerto hasta nuestras habitaciones. La gente busca sitio para comer a pesar de que no son horas para muchos garitos y si consigues que te den algo eres afortunado.
Un rato de descanso para unos y otros aprovechan el tener la playa enfrente del hotel, aunque el aire se ha vuelto a apoderar de la playa y las olas vuelven a cabrearse y consiguen colocar la bandera amarilla en todo lo alto de Peniche.
Quedamos pronto para poder cenar en algún restaurante donde abunde el pescado, que hay varios en el pueblo pero se nota que están en ferias y la gente hace cola en muchos de ellos.
En la feria abundan los puestos de churros, aunque los hacen distintos de los nuestros y muchos los rellenan con multitud de ingredientes. Un puesto enorme de zapatos nos anima a feriar algo visto los precios y la calidad del calzado.
Los cacharritos hacen las delicias de los más jóvenes del lugar y el fresco de la noche portuguesa hace abrigarse a mas de uno. Cuando miras las temperaturas que dan para los siguientes diez días y ves que no subirán de 23 grados, la pena y envidia se apoderan de nosotros sabiendo lo que nos espera en nuestro pueblo.
El domingo unos lo saludan viendo amanecer en la playa y otros con un buen desayuno entre pecho y espalda para poder aguantar el día de turismo que nos queda hasta las cinco de la tarde donde nos volvemos a montar en el bús para regresar a tierras extremeñas.
Un finde de diez donde hemos disfrutado de un tiempo excelente que nos ha hecho olvidar nuestras calores, hemos degustado la buena cocina portuguesa y nos ha dejado hasta bañarnos en aguas atlánticas, a pesar del fresquito.
Gracias a nuestra ángel de la guarda que nos ha brindado un viaje espectacular donde hemos conocido una de las islas portuguesas mas bonitas que existen.
Nos vemos en las callejas o en el mar, quien sabe.









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