miércoles, 19 de octubre de 2011

Capitulo 225: El buen samaritano.




                                      
Primer domingo de fiestas, después de una abundante cena en casa de la suegra, me dispongo a ir a la actuación de la plaza, los peques se van con mis padres para dentro y la parienta y yo a por las entradas, pero…………..los bonos están en casa!!!!!.

Me dice que se acerca ella a casa a por ellos y yo mientras la espero por allí arriba, quedamos en eso, pero en el último momento la digo, voy contigo!!
Según íbamos camino de casa iba toda la gente que vive en los aledaños al Pilar Viejo camino de la plaza, nosotros andando deprisa por que llegábamos tarde; a la altura de donde empezaban las vallas que se ponen para los encierros vemos un bulto en el suelo, mi mujer me dice:

_Quien es aquel que está tirado en el suelo??

_ Donde?? Le contesto yo, no había conseguido ver nada todavía.

_Allí en el suelo, hay un hombre que se ha caído y está allí tumbado.

Al principio me asusté, pensé que era una persona mayor que con lo poco alumbrada que estaba aquella zona, se había tropezado y había caído al suelo, aligeré la marcha para llegar rápido hasta donde estaba la persona caída y enseguida le conocí.

_Que te ha pasado, le pregunté.

_Ay, ay, ay!!!!! Fue la única respuesta que me dio.

_Estas bien?? Te duele algo??

_Mis gafas, donde están mis gafas me preguntaba con voz de persona perjudicada por el alcohol.

Las cogí del suelo y se las di, el seguía a cuatro patas en el suelo buscando ahora su gorra.
Después de reñirle un poco como si fuera yo la persona mayor y él un niño que ha liado alguna, me dispuse a levantarle del suelo, he de decir que hubo una persona que llegó a la vez que yo al lugar de los hechos y que también se intereso por él, aunque fui yo quien le dijo que me responsabilizaba de acercarle a casa, que no se preocupara…………… en la hora que yo dije nada.!!!

Como pude le agarré de la cintura y le ayudé a ponerse de pie, estoy seguro que su peso era de más de noventa kilos en estado normal, en el estado en que se encontraba, podía pesar veinte kilos más tranquilamente.

Al ponerse de pie no me di cuenta de lo verdaderamente perjudicado que iba, le dije a la parienta que se acercara ella a casa, mientras yo le acercaba a este señor a su casa, que aunque no vive muy lejos de allí, se me hizo eterno el recorrido.

Agarrándole con un brazo por la cintura y con el otro de uno de sus brazos, iniciamos el camino de su casa, la verdad que los primeros metros los hicimos a una velocidad moderada para el estado en el que iba, me venía diciendo que él me conocía y que le estaba haciendo un gran favor, que no sabía cómo me lo iba a pagar, pero que tuviera en cuenta que lo haría de una manera u otra. Yo solo le decía que se callara y que anduviera más deprisa, pero qué coño iba a andar si no sentía las piernas, fue de momento que se empezó a poner más “pesòn” y más torpe todavía andando, yo le decía que si estaba peor o que si le había dado algo, pero su estado ya no le deja pronunciar como antes y era muy difícil entender lo que me decía.

A unos cien metros de la salida se produjo la primera caída, mira que iba yo con cuenta de que podía pasarnos, pero me fue imposible sujetarle, es más, casi me caigo yo por evitar su caída.

_Déjame aquí, me decía!!!, ya se me pasará!!!

_Venga, vamos arriba le decía a la vez que le volvía a coger por la cintura, esta vez se me hizo casi imposible levantarle, miraba hacia los lados con la esperanza de que pasara alguien que me ayudara, pero no hubo suerte, así que como pude le volví a pasar la mano por la cintura y empecé a cargar con el camino de su casa.

Ahora me iba susurrando que él se ponía en esas condiciones por culpa de la mujer, que no le comprendía a él, yo me tenía que reír pensando en la bronca que se iba a llevar por parte de la mujer cuando le viera a parecer en esas condiciones, le advertí que yo le dejaría antes de llegar a su casa, que no me gustaba que me viera su mujer llevarle y tenerla que dar explicaciones.
Unos cien metros antes de llegar a su casa me encontré con unos vecinos suyos, que me dijeron que si me ayudaban a llevarle, a lo cual me negué puesto que ellos iban a la plaza y llevaban a su hija y no era plan de que viera aquella estampa, así que les dije que me apañaba yo solo. No sé si fue al oír estas palabras pero el cuerpo inerte al cual iba agarrado se volvió a desplomar al suelo, esta vez no pude evitar caerme con él a pesar de todos los esfuerzos que hice, lo único que pensé era como le iba  a levantar, puesto que las fuerzas habían desaparecido de mi cuerpo y el hombre estaba ya para pocas.

Después de dejarle un rato  allí sentado en el suelo, el cual aprovechó el para aliviar gases, ¡!la Virgen Santa!!! Pero que gases, aquello parecía la “Mas cleta” Valenciana!!! Le volví a levantar del suelo, ya me quedaba muy poco para llegar a su casa y empecé a pensar donde le iba a dejar para que no le fuera muy difícil de llegar solo, vi que tenía un “poyo” delante de su casa y pensé que allí era el mejor sitio, así que fuimos hacia allí, lo que tardé en soltarle para que se sentara un rato allí, volvió a caerse al suelo, esta vez estuve a punto de dejarle allí y llamar a su puerta, para que saliera la mujer a por él, pero me volvió a remorder la conciencia y volví a levantarle del suelo, como pude le senté en el “poyo” y me fui en busca de la mujer, que ya se la hacía que tardaba, no me hables la contesté, no me digas que he tardado que vengo agotado!!!

Estuve toda la noche con un dolor de espalda igual que si hubiera estado todo el día cogiendo aceitunas; al día siguiente a mediodía más o menos, entré en uno de los bares del pueblo para tomarnos unas cervecitas y sabéis a quien me encontré dándole al vino nuevamente como si no hubiera pasado nada………………!!!!!!! El mismo que viste y calza!!!!!

martes, 18 de octubre de 2011

Capitulo 224: Cambio de nombre.






Pues eso, que a partir de hoy el blog dejara de llamarse diario de un ex fumador y pasará a llamarse, “SE HA ESCRITO EN HUERTAS”, por si lo seguís buscando por el nombre antiguo.

Que por que este cambio?, lo del ex fumador está muy visto y hay varios con ese nombre y yo no doy consejos a los que quieren dejar de fumar, es más, cada día me acuerdo menos del tabaco. Después de ser capaz de no probar el tabaco en las fiestas, he de decir que he pasado uno de los tramites más duros que me podían quedar y no ha sido por no tener ganas, porque en las capeas por la tarde si peso todas las pipas que nos hemos comido, seguro que pasa de los dos kilos.
El nuevo nombre me parece el más apropiado para el blog, porque casi todo lo que publico en el, se ha escrito en Huertas.

Por otro lado, quiero dar las gracias a todos los lectores diarios del blog, siento escribir menos que antes, pero estoy más liado que la pata de un romano y no me vaga a penas escribir nada, de todas maneras intentare que no pase mucho tiempo entre artículo y artículo. Estamos a punto de alcanzar las 20.000 visitas al blog y la verdad no sé si será mucho o poco, pero yo estoy alucinado de todos los que leéis el blog este, el cual cree en plan cachondeo para auto- ayuda cuando dejé el tabaco y fíjate con el paso del tiempo lo que ha llegado a ser. Tengo pensado ponerme un día de estos en serio a escribir un libro, no sé de qué va a ser, pero tengo ganas de intentar escribir algo, el día que me ponga tendré que dejar el blog un poco mas abandonado, por que las dos cosas serán imposible de atender, de momento no veo el día de ponerme a ello.
Pues nada mas por hoy, ya me diréis que os parece el nuevo nombre, no pasa nada si me decís que no os gusta, se aceptan todas las críticas.

domingo, 16 de octubre de 2011

Capitulo 223: Pregòn integro escrito de "Juli Calambre"



“Quiero agradecer a los muchos huerteños y huertileños que durante las fiestas se han acercado a  decirme que se habían reído mucho con mi pregón  –me alegro, pues de eso se trataba, de pasar un rato divertido-, y, sobre todo, debo dar las gracias  a todos los que esa noche del sábado con sus carcajadas, gritos de ánimo y aplausos hicieron más fácil y  grata la labor de este pregonero.
  Si  algún merito han tenido el pregón, no me cabe duda de que, tal como dice el refrán: "A buen entendedor…..”,  se debe que esa noche había buenos entendedores en la plaza escuchando mis pocas palabras.
 Ya lo dije en el pregón, Las Huertas nunca me han fallado. Que lo tengan en cuenta futuros pregoneros, para ahuyentar recelos, temores y nervios: “cuando se va de corazón, LAS HUERTAS NUNCA FALLAN”.

                    PREGÓN DE LAS FIESTAS DEL ROSARIO DE 2011

                                       Julián Pablos Vega.
Buenas noches:

Con el permiso de la reina y sus damas de honor, cuya elegancia y belleza ilumina este acto –la verdad es que como mejora la especie-; del señor Alcalde, al que deseo mucha suerte y mejor acierto en su gestión, por el bien de todos, de los miembros de la comisión de festejos, a los que agradezco de corazón el honor de haberme nombrado pregonero, y, sobre todo, con el permiso de todos los huerteños, de los que esta noche llenáis la plaza, pero, también, de aquellos, quizás más inteligentes, que han optado por quedarse viendo el futbol, con el permiso de todos me dispongo a dar lectura de este pregón, que espero que, si no les gusta, por lo menos no les duerma, porque luego tenemos que cantar y bailar con Acetre. ¡Menudo lujo!.

Yo, como la gran mayoría de los presentes sabe, y el resto podrá deducir de mis eses, no nací en las Huertas, ni he vivido nunca aquí, aunque desde pequeño he pasado todos los años entre ustedes, al menos, una semana en Navidad, otra en Pascuas y un mes en verano; estancias que normalmente terminaban con caras largas y más de un lagrimón, en el coche de vuelta a Madrid. Soy, por tanto, lo que  me gusta definir como un huertileño; sí, sí, han oído bien, un huertileño, esto es, un huerteño de Madrid o, si prefieren, un madrileño de la Huertas, y desde esa experiencia ha sido escrito el pregón que les voy a leer esta noche. No obstante, desde hace 9 años puedo presumir  con orgullo de ser también un huerteño fetén, de los de aquí, pero consorte -tenía que decirlo que, si no, se me enfada la parienta-.
 Aquí mis hermanos y yo, chicos de ciudad, hemos sido enormemente felices. Que más podíamos pedir: un montón de amigos, los del atrio, que nos recibían como a uno más de la pandilla; muchos lugares y juegos que descubrir; flexibilidad de horarios; y escasos límites. En resumen: libertad; mucha, muchísima libertad, y una burra, que nos permitía disfrutarla de una forma especial y muy diferente a lo que estábamos acostumbrados en Madrid. La burra de mi abuelo Julián, que en paz descanse –la pobre burra y, por supuesto, mi abuelo Julián-, que, a base de palos, llegó a ser uno más de la pandilla, hasta el punto de que en alguna ocasión se subió al atrio de la iglesia con nosotros a perseguir a las amigas.
En aquellos años de mi niñez mi familia no venía casi nunca a las fiestas del Rosario, por eso, los primeros recuerdos que tengo de ellas no son muy gratos: lamentos, desilusión, envidia. Para que se hagan una idea de mi frustración, me acuerdo que un año, aquél en que decidimos montar una peña: la Peña Alegre, me pase con los amigos medio mes de Agosto decorando un carro para la garrafa, pintarrajeando una pancarta y diseñando una camiseta; camiseta que no llegué a ponerme nunca.
De las escasas veces que pudimos venir, lo cierto es que no tengo muchos recuerdos: los cabezudos, con los que confieso públicamente que he llorado, como casi todos los niños de ciudad, que, como bien sabéis los de aquí, somos un poco caganíos. Todavía hoy, cuando acompaño a mi hija Julia, me asusta ver la cara grotesca y desdentada del cabezudo pirata, que tan malas noches me hizo pasar de pequeño. A mi hermano Jesús, sin embargo, le daba miedo el único que tenía una cara angelical y una melenita muy bien peinada, el cabezudo que se parecía al jugador del Barça Johan Cruiff. La verdad es que Chucho siempre ha sido muy merengón.
También me acuerdo de la procesión, especialmente por dos cosas: primero, porque me hicieron daño los zapatos nuevos, que como buen segundón había heredado de mi hermano el mayor, mi hermano Juanmi, y sólo podía dar un pasitos tan cortos y ridículos, que parecía las muñecas de Famosa detrás de la Virgen; y segundo, por lo intrigado que estaba por saber que era esa cosa misteriosa por la que la gente ofrecía tantas pesetas: el banzo, que yo imaginaba como algo extraordinario, un talismán mágico, un elixir milagroso o un espejo encantado. Cuando lo descubrí, francamente, pensé que esa gente despilfarraba su dinero, aunque ahora sé que una promesa no se paga ni con todo el oro del mundo.
Esa mañana de domingo aprendí lo grande que es la familia, me refiero a lo grande no como valiosa o importante, que también lo es, sino en el sentido de extensa, de numerosa. Yo, que vivía fuera, conocía a los abuelos, a los tíos y a mis dos primos, pero nada sabía de los tíos de Barcelona, de las tías solteras de mi padre, de la nuera de no sé quien, del yerno de no sé cuanto…. Y lo malo era que todos esos familiares a los que acababa de conocer, tenían la insana intención de dar un beso –aunque alguno más escrupuloso optó por un tirón de los mofletes- a ese niño que “cuánto había crecido desde la última vez que le habían visto”, a pesar de que normalmente pensaban que yo era el pequeño y no el segundo –he tenido la mala suerte de que mi hermano Chucho, el pequeñín, ha sido siempre muy grandote-. Sin embargo, cuando nos acercábamos a saludar a alguien, yo me ponía el primero,  para que se me viera bien, porque me percaté de que ese día grande de la Virgen del Rosario casi todos los corazones se sentían generosos y, además del beso, dejaban caer en mi mano una peseta por aquí, un durillo por allá. Creo que hasta ese día nunca en mi vida había tenido tanto dinero en el bolsillo. Pero, cuando  se me iba haciendo la boca agua, pensando en lo que iba a comprar an ca Lan,  an ca Tía Julia, o en el estanco de Valentín: un burmarflash, una bolsa de pipas, tres chicles  bazoca, diez pastillas de leche de burra, y no recuerdo cuantas cosas ricas más, mi madre me requisó la mitad de la recaudación: “¿dónde vas con tanto dinero?, que luego te llenas la barriga de porquerías y no comes”. Si llama porquerías a todas esas delicias, pensaba yo, entonces que dirá del frite ese de rabos que ha estado preparando esta mañana para comer. Es sorprendente lo que me gusta ahora este plato tan huerteño, que antes, con sólo olerlo, me ponía a vomitar. Propongo a la comisión que para otro año convoque un concurso culinario de frite de rabos, del que, puestos a pedir, no me importaría ser miembro del jurado.
Poco puedo recordar más de aquellas fiestas de mi infancia, que para mí y mis hermanos terminaban el domingo de la Virgen por la tarde, y tempranito para no coger caravana,  dormitando  rumbo a la capital en un Renault 12 amarillo, atiborrado con productos de la tierra: un costal con patatas y membrillos de la huerta de la abuela María, una damajuana con aceitunas, una caja de huevos envueltos en papel de periódico, y, por supuesto, un par de colgaeros de patatera, que nos aromatizaban el viaje, porque el lunes, como todos los lunes, había que volver al colegio para hacerse hombres de provecho. Mira, al final no sé si voy a poder darle la razón a mi padre,  porque en el fondo no creo que haya llegado a ser un hombre de mucho provecho, pero, al menos, Juan he tenido el honor de dar el pregón de las fiestas de tu pueblo. Menos da una piedra.
La verdad es que en mi juventud me resarcí del trauma infantil y puedo decir que disfrute con intensidad del resto de las fiestas y, en especial, de las capeas.
De esos alocados años, poco puedo decir de los festejos religiosos, salvo del Rosario, al que, como se celebraba por la tarde y pasaba por delante de la casa de mi tía, me era imposible no asistir, aunque debo confesar que lo hacía con gusto, pues este acto, por su sencillez y belleza, es el que más me ha gustado siempre de los religiosos. Es difícil crear tanta emoción con tan poco: el misterio de la noche, el baile de luces y sombras de una lumbre, y, lo fundamental, el fervor de un pueblo cantando a su Virgen: las mujeres con la voz temblorosa y los hombres contestándolas un poco a lo dúo Pimpinela, con un vozarrón pelín exagerado.  En especial, recuerdo el de un año en el que casi a última hora logramos convencer a mi padre para que nos dejara venir a las fiestas, y que vi con especial agradecimiento desde el balcón de mi habituación, mientras deshacía la maleta.
A la procesión del domingo difícilmente podía haber asistido en aquellos años, y, de verdad, créanme, no por falta de  ganas, pero, tienen que reconocer que sale un poco pronto y a la hora y, porque no decirlo, en el estado en que me acostaba entonces ni la diana floreada, ni los cohetes, ni siquiera la tercera guerra mundial hubieran conseguido despertarme. Solo hubiese podido asistir, si, como le ha ocurrido a más de uno, me hubiese encontrado por casualidad con ella de vuelta a casa. Por eso, siempre he admirado a aquellos, entre los que debo destacar a un buen amigo, a los que los estragos de una noche de juerga no impedía estar año tras año de punta en blanco a la puerta de la iglesia, para sacar a la Virgen. Claro, que mi amigo en el fondo jugaba con ventaja, porque a él no le dejaba pegar ojo con sus reproches una golondrina un poco alcahueta, que anidaba en el tejado de su casa.
 De estos años de juventud debo destacar la eclosión de las peñas, que desde entonces llenan de alegría y colorido las calles de nuestro pueblo. Por supuesto, con anterioridad también había habido peñas y pandillas de amigos animando las fiestas: la Peña la Vieja, La Garrafa, Los Pitas Pitas, pero en los años ochenta el número de peñas se multiplicó como los conejos: La Bulla, El Charco, El Taponazo, El Charpazo, Los Rebeldes, Los Que Faltaban, El Tranquillo, Agua Potable, la ejemplar Sopa, y , no me puedo olvidar de la Peña del Rosario, que es la de mi madre y mi suegra, y, por supuesto, de la mía, de la que, no es que no quiera, pero no puedo decirles el nombre.
Yo formó parte de una peña peculiar, por decirlo de algún modo, un poco anárquica, lo que no quiere decir desordenada, a la que no le gustan ni los uniformes ni las etiquetas y que, por eso, no ha tenido nunca ni camisetas oficiales, ni un nombre único y definitivo: en los orígenes se llamó “Peña Alegre”, luego “La Basca”, mas tarde “One Suburuteto”, y ahora, en los últimos años, -mucho tiempo nos está durando- respondemos al apelativo de “Romangordo”. Bueno, voy a ser sincero, yo en realidad formo parte de una pandilla de gandules, que nunca se ha puesto de acuerdo ni para hacer unas míseras camisetas, y que ha sobrevivido gracias al esfuerzo y descaliento del más dispuesto de todos, que año tras año nos ha organizado las fiestas, y que todavía está intentando cobrar el ponche que nos bebimos en el  92, que, por cierto, no debió ser poco.
            Lo de no tener nombre a la larga ha tenido su gracia, sobre todo por el desconcierto que provocaba en aquellos que se dirigían a nosotros; igual que lo de no tener camisetas oficiales, porque así cada uno se ha pintado en la suya el lema o la leyenda que en cada momento ha estimado oportuno. Esto me lleva a recordar una costumbre que arraigó hace alrededor de unos veinte años, y que en la actualidad desafortunadamente casi se ha perdido: la de imprimir cada año pegatinas de las peñas para repartirlas como obsequio a los demás, que las exhibíamos con orgullo sobre nuestra indumentaria. Sobre todo debo destacar, por ser las más ingeniosas e imaginativas, aquellas que se hacían de forma personalizada y en el acto, escribiendo con un rotulador sobre un papel adhesivo una leyenda simpática, crítica o provocadora, pero siempre acorde con la personalidad o el aspecto del que iba a pegarla en su cuerpo, que no tenía otra pretensión que la de animar con  ironía  el cotarro, riéndose de todo, empezando por uno mismo. Yo también tuve una pegativa propia, que seguro que muchos de ustedes conocen: “Calambre no hay pan duro”.
A mi parecer, no estaría de más que se recuperara esta práctica festiva y transgresora, quizá la única aportación de mi generación a las fiestas, que mostró el talento oculto de muchos jóvenes de aquella época, como por ejemplo - seguro que me olvido de alguno- Julio Carretero, Quelín, Pablo Piloto o Luismi, el de Merce. De este último debo destacar una obra maestra, de la que, con su permiso, me serviré más adelante para rematar este discurso, pues, a mi juicio, es el mejor eslogan publicitario que se puede hacer de este pueblo y de su fiestas, y que decía así: “Huertas ¿te animas?.
            Ese mismo espíritu irónico y, por qué no decirlo, algo gamberro, de las pegatinas, animaba los cánticos, bromas y provocaciones que durante las capeas se lanzaban desde las farolas por parte de  las peñas, con la intención de que el resto de la plaza se uniera y participara del ambiente festivo. Aquí el ingenio y la imaginación era suplido por la desvergüenza que provocaba la ingesta masiva de un misterioso brebaje: el ponche; mezcla aleatoria de licores de difícil mixtura, del que  se desconoce todo salvo sus efectos: con el primer vaso se pierde la timidez, a partir del tercero, el habla, después del quinto, los papeles y, con el octavo, si se tiene o  consigue pareja, se pierde la virg… Bueno voy a callarme que hay niños delante. Como el bebedizo admite de todo, les aconsejo que añadan un ligero toque del famoso revitalizador capilar “A brota no macho”, porque, así, se protegerán contra la caída del cabello cuando el ponche les cae sobre la cabeza, y digo les cae, porque, a diferencia de otras fiestas vulgares donde se hacen guerras entre los vecinos, arrojándose vino, tomates o agua, en las farolas de las huertas el ponche se cae, no se tira. Nosotros, los huerteños, cuando queremos hacer una guerra, nos dejamos de marico…, bueno de pamplinas, y preparamos un buen apedreo como los de antaño: los de los barrios de arriba contra los de abajo.
            Al salir de la plaza, yo era –insisto era- de los que, como los del chiste, no venía de las capeas, sino de los ca-peos, porque en aquella época –vuelvo a insistir en aquella época, que ya no lo pruebo-  como la gran mayoría de los huerteños a la media hora del festejo no veía ni las vacas. Pero, esto siempre me ha sorprendido, si ir bebido en exceso es algo vergonzoso, emborracharse en las capeas era algo tolerado y, en cierto modo, simpático, supongo que por lo generalizado. En aquellos años era habitual que después de las capeas llegara a casa casi a gatas, y, claro a esas horas, me encontraba a toda la familia reunida alrededor de la camilla, esperándome para cenar. Al ver el lamentable estado en que llegaba, mi madre y mi tía, sorprendentemente, en vez de echarme la correspondiente bronca y mandarme a dormirla, dejaban escapar una leve sonrisa de complicidad, y, cuando a duras penas, balbuceando como un bebe, intentaba explicarles que me habían sentado mal los churros que acababa de tomar, asentían de forma comprensiva y hasta se ofrecían a hacerme una sopa, para que me asentara el estómago. Así una tarde, tras otra: lunes, martes, miércoles, sábado, domingo y día del Pilar, borracho como una cuba y sin recibir el más mínimo reproche ni de mi madre, ni de mi tía. La verdad, era tan extraño, que incluso llegué a pensar que ellas también estaban puestas.   
En estos momentos, es oportuno agradecer a los bares del pueblo por su  contribución a la fiesta, que hago extensiva a todas las personas que trabajan en estos días, especialmente a los miembros de la comisión y sus colaboradores, porque sin los  esfuerzos, aguante y amabilidad de todos ellos no nos podríamos divertir el resto. Me vienen ahora a la memoria y se me hace la boca agua: las renombradas gambas de Vizcaíno, las migas de la matanza de Tito, las paellas de Borde, las raciones de moraga del Cuando, las cañas en el Cacharrero, la Azul o el Palenque, y, por supuesto, la mítica movida de Viñero, donde yo me sentaba como en casa, y digo bien me sentaba y no me sentía, porque sus sillones de tapicería atigrada eran idénticos a unos que tuvimos algún tiempo en el piso de mis padres en Madrid, y que ahora adornan el comedor de mi tía Anita. Imagínense el mal rollo que pase la primera vez que me fui a sentar en ellos con compañía femenina. La verdad es que todavía no me explico cómo, con esas pintas y esos peos, se nos arrimaban las chicas. Supongo que con lo mostosos que estábamos por el sudor, el polvo de la plaza y el ponche que nos había caído encima, quedaban atrapadas como moscas y no se podían despegar en toda la noche.
Yo, como ya sabéis de sobra, siempre he vivido fuera del pueblo, por lo que nunca podía disfrutar del final de las fiestas, que a mi familia y a mí nos pillaba casi siempre en el coche de vuelta a casa, de ahí que no diera crédito a mis ojos aquella tan deseada primera vez que pude cantar con todos vosotros la Salve en la plaza. Poco puedo decir que no se haya dicho ya de este acto tan espectacular como extraño, por el lugar y el momento en que se celebra. No me cabe la menor duda de que este momento culmen de las fiestas sobrecoge hasta al más ateo, pero a mí, esa primera vez, lo que más me impresionó fue como cambio de forma tan súbita y drástica el ambiente en la plaza: se pasó en un instante de la algarabía al silencio más profundo, del desenfreno al recogimiento, del descontrol al respeto y al hermanamiento. Seguro que para una persona de fuera este himno debe tener algo de milagroso, para que esa panda de alimañas enloquecidas, encerradas en esas jaulas grandes que parecen las farolas, y que momentos antes no paraban de berrear canciones, decir barbaridades y bañarse con ponche, enmudecieran de repente como por arte de magia, bajaran a la plaza como mansos corderitos y, sobre todo, consiguieran con ese pulso encender una bengala. Unas fiestas, llevado por la emoción del momento, me dio por pensar que cada una de esas bengalas que portábamos los huerteños eran las ánimas de aquellos que en algún momento han poblado estas huertas, y que, gracias a nuestro canto, retornaban por un momento a nuestro lado. Desde entonces para mí este acto es todavía, si cabe, más emotivo, pues siento que están conmigo los que ya se fueron, que desgraciadamente son más cada año. En nuestra farola, parece mentira, ya faltan tres amigos: José, Ezequiel y Diego.
Ahora, las fiestas, aunque no han cambiado, tampoco son las mismas. Sigo sintiendo, cuando empieza a declinar septiembre, la misma ilusión de antaño, e intentó no perderme ninguna, pero ahora comprendo que lo mejor de ellas no son sus numerosos y diversos actos, sino el mero hecho de poder venir, de estar otra vez aquí con toda la familia, de reunirse a comer con los amigos de siempre, de pasear por las calles, saludar a los vecinos y encontrarse con agrado a gente que sólo ves “de Pascuas a Ramos”, o más bien, “del Pilar al Rosario”, como deberíamos decir los huerteños. Lo importante ya no es la diversión, la juerga, sino disfrutar, compartir con todos ustedes una sencilla alegría; esa alegría sencilla que siempre me ha regalado este pueblo, porque parafraseando la pegatina de mi amigo Luismi, a mí Las Huertas me animan, me dan energía y felicidad, me llenan de esa vida, que, tal como reza su topónimo, se cultiva en estas Huertas. De pequeño, cuando me iba llorando a Madrid, anhelaba poder vivir aquí todo el año para no tener otra vez que marchar, pero me equivocaba, porque, luego, cuando estaba allí, el saber que ya faltaba menos para volver al pueblo, me daba fuerzas para seguir adelante, era el bálsamo y acicate que me hacía más llevadero el curso, cuando estudiaba y, más tarde, menos tedioso el trabajo. Pasara lo que pasara, bueno o malo, siempre estaban ahí las Huertas para redimirme.
Y lo mismo, con más razón si cabe, puedo decir de sus fiestas, que, a pesar de haberme perdido muchas por celebrarse en octubre, nunca trasladaría a otras fechas más calurosas del calendario, porque cuando el verano empieza a dar las boqueas, cuando las vacaciones van terminando y hay que volver a la escuela o al trabajo, cuando los días empiezan a acortarse y tenemos que echar mano de una rebequilla que nos recuerda que pronto estará aquí el triste y largo invierno, en los huerteños no anida la desilusión, en los huerteños no cunde el desaliento, en los huerteños no triunfa el desánimo, porque aquí aún nos queda la traca final: las Fiestas de la Virgen del Rosario. 
Este pregón está llegando a su fin. No creo que deba dar a los huerteños, fiesteros por naturaleza, ánimos para comenzar estos días de alegría, desahogo, diversión y pitorreo, pero sí os voy a pedir, aunque no me gusta dar lecciones,  que os acerquéis a ellos, no solo con ánimo, sino también con ánima, -las ánimas que también se dan en estas huertas-, que ese alma presida como una bandera el regocijo y la jarana, que no falte el buen talante, la buena disposición, el buen rollo, como prefieren decir los jóvenes, por compromiso y respeto a los demás, incluido los animales con los que nos vamos a divertir esta semana, pero, también, por no defraudar el animoso espíritu de nuestro pueblo. Y humildemente os aconsejo que durante estos días no os quitéis la sonrisa ni para meteros en la cama, que riáis como locos todas las bromas, que cantéis hasta la afonía y bailéis hasta la agujeta -que no se desperdicie una melodía por el ridículo miedo al ridículo-, que achuchéis a la pareja en los agarrados, que el colesterol no os corte al pringar la salsa, que apuréis el chato de vino como si fuera el último, en definitiva, os aconsejo, ya habrá tiempo para indignarnos, que aprovechéis al máximo el manantial de vida que nos regalan las fiestas del Rosario, para recargar las baterías con esa energía vital que tanto vamos a necesitar para hacer frente a los afanes, cargas y sacrificios que, tal como están las cosas, con seguridad nos va a traer el próximo año; año que para nosotros, los huerteños, comienza después del Pilar y termina el primer domingo de Octubre, día de nuestra muy querida Virgen del Rosario.

                                  

sábado, 15 de octubre de 2011

Capitulo 222: Chavalote, ( Radio teatro,El resbaladero)

      



      Debajo del articulo, teneis el enlace a la obra, esta guapisima para escucharla a la vez que vas leyendo, no se quien es el autor, Javier Llanos, pero vaya desde aqui mi enhorabuena por la obra.




  LAS BONDADES DEL CAMALOTE, RELATOS DE FICCIÒN RADIOFONICA
                                                             JAVIER LLANOS



A mediados del siglo XII en el señorío de Trujillo,  una joven pareja de enamorados que andaban a la fuga por desavenencias con la familia de la muchacha, decidieron parar en el habitual descansadero de pastores y viajeros, una gran formación rocosa que unía la Cañada Real de la Plata, con la Cañada Real Leonesa Occidental, una vez saciadas hambre y sed, sintieron la necesidad de aplacar sus otros apetitos, y buscando el refugio de un gran cancho, se desnudaron, fue tal la pasión demostrada que  durante el acto, sus cuerpos resbalaron hasta quedar al descubierto a vista de unos viajeros que escandalizados, denunciaron inmediatamente a la joven pareja. Como la moral de la época era la que era, el Señor de la Villa, Don Fernando Rodríguez de Castro más conocido como el Castellano, decidió dar castigo ejemplar a la pareja, con el fin de evitar que vecinos y foráneos volvieran a hacer publica exposición de su pasión púbica.

Se hace saber de orden del señor de la villa Don Fernando Rodríguez de Castro, que a los enamorados pillados en plena faena en el descansadero, que ahora se conoce del resbaladero serán quemados en la plaza mayor a la anochecida,  para ejemplo y  escarnio público, por lo demás las noticias de todos los días, sube el precio de la lana, pero baja la del canal del carnero, y como despedida y cierre, un dogma: ¡!!Dios es uno y trino!!

Así se anunció el cruel castigo, habitual por otra parte, pues por aquella época aprovechaban las quemas de herejes, brujas y delincuentes, para deshacerse de los restos del desbroce. Los ataron desnudos espalda contra espalda, para que compartieran la condena unidos sin sufrir la pena de ver como las llamas devoraban el cuerpo desnudo del amante, los verdugos amontonaban haces de leña verde a su alrededor, cuando el caballero Don Francisco de Huertas creyó reconocer a uno de los jóvenes:
_Vive Dios, que me parece ver a un muerto.
_Aun estoy vivo, aunque poco me queda.
_ Decid joven, ¿cual es vuestro nombre?
_Permitid que primero sepa quién me hace esa pregunta.
_Don Francisco Huertas de Castro, al servicio de don Fernando Castro en su guardia personal.
_Compartís apellido, por lo que debo pensar quizás que sois familia?
_Mi madre era hermana de su padre.
_Primos sois.
_ Primo soy del señor al que sirvo, primo vos, por haberos dejado pillar en semejante posición.
_Acertada disquisición, pero entended que fue fruto del amor, no hubo interés alguno en hacer pública exposición.
_Decid vuestro nombre!!!
_Soy Don Álvaro Gil Manríquez
_Gil Manríquez?? Par diez!!! Que sois hijo de vuestro padre?? Pues tenéis su misma faz y compartís sus excesos.
_Sí señor, huérfano soy de mi padre el magnate Gil Manríquez, del que herede suficientes tierras como para poder repartir con vos alguna, si tenéis a bien servirme de ayuda.
_Pedid!! Que si está en mi mano, os concederé la gracia.
_Decid a vuestro primo el Castellano, que acepto la pena de morir en llamas, pero que me den  vuelta para morir mirándome reflejándome en sus ojos.
_Ohhh siii, por favor caballero, lo imploro, dejad que mi última mirada sea a los ojos de la persona enamorada.

El caballero Don Francisco tras pedir a los verdugos que demorasen la ejecución, se apresuro a decir a su señor Don Fernando quien era el joven, el señor en recompensa al mucho bien que hizo en vida su progenitor se avino a soltarlos, de donde se deduce que la pasión sincera y las respuestas conmovedoras, son imprescindibles para ser transformado en personajes y vivir eternamente. Pero para prolongar el modesto lapso de una vida humana, es mucho mejor tener parientes ricos.

http://macram.es/almacen/resbaladero-radioteatro-elsolsaleporeloeste.mp3


Gracias a Manu por su ayuda a la hora de cortar el audio y a Emilio Curiel por la foto.

viernes, 14 de octubre de 2011

Capitulo 221: Huertas y Tradiciòn.






Hoy quiero hablar en mi blog de una de las novedades que este año hemos presenciado en Huertas, se trata de un premio o reconocimiento mejor dicho, que se ha bautizado con el nombre de Huertas y tradición.
Bien, he leído por el foro de Huertas e incluso escuché a lo largo de las fiestas a gente que no le había parecido bien que el premio recayera en la persona de Agustín Villanueva, quizás por desconocimiento, quizás por ser de la Ciudad de Trujillo, yo que sé el porqué, pero la verdad que me pareció raro después de escuchar la presentación que hicieron de él antes de subir a recoger el premio, además de escuchar el breve discurso que el mismo premiado dio de todas las anécdotas que le habían ocurrido en Huertas, como puede haber gente que todavía reniegue del premiado.

Está claro que al otorgar un premio tienes que tener cuidado en las formas en que lo eliges, puede haber gente con todo su derecho a preguntar qué pasos se siguen para poder optar al mismo, si tienes que ser una persona formada, si no hace falta tener estudios,  etc.

Tampoco sabemos quien elige al premiado, si es la comisión a votación, si es un miembro de la comisión a su libre albedrio o si es el pueblo de Huertas en alguna votación representado por todas las asociaciones que existen en el. Estaría bien que se explicara por medio de la comisión el sistema que se va a seguir para futuras elecciones, visto que en la presente dijeron que era un premio que se quiere instaurar ya por siempre en Huertas, así no habría ningún tipo de comentario soez en el Pueblo cuando se elija al próximo premiado, de este modo evitaremos el “cuchicheo” que hemos podido oír durante todas las fiestas, y la verdad que me duele, yo que tuve la suerte cuando estuve en la comisión de contar con los servicios de Agustín Villanueva para todo lo que nos fuera útil y necesario, el escuchar en boca de indocumentados decir y hasta preguntar, que había hecho este hombre para merecer el premio, pero por favor, se documenten ustedes antes de decir barbaridades, que está claro que en Huertas hay más de 500 personas que merecen ese premio o reconocimiento, tanto o más que el premiado de este año, pero de pensar eso a decir que Don Agustín no ha hecho nada para merecerlo va un mundo.

De todas formas yo que siempre voy de cara y no me corto un pelo, no me complicaría la vida en estas historias, bastantes complicaciones hay ya en la organización de unas fiestas, como para buscarme una más, que yo no soy nadie para tener en cuenta pero me gusta decir las cosas que pienso y sobre este premio no puedo estar de acuerdo con él. Espero que no se me entienda mal, no quiero que luego me digan que yo estoy en contra del premiado, ni mucho menos, solo quiero decir desde aquí, que el chaval que tira los cohetes todo los años, llueva, haga frio o calor me imagino que también podrá optar a este reconocimiento, o el señor que desinteresadamente deja su casa para todo lo que haga falta en días de capeas o verbenas, el que todos los años está el primero en el montaje y desmontaje de todos los “Aperos” que hay que sacar y montar, el electricista que a todas horas está disponible en caso de algún problema gordo, el dueño del carro o del camión que siempre está con las llaves puestas para ir donde haga falta……… yo que se cuanta gente más me dejo atrás, me supongo que todos estos que he nombrado también podrán optar al premio, espero que así sea y no haga falta dar un pregón, ser presentador o incluso haber sido alcalde de Trujillo para poder recibir este reconocimiento, que por supuesto seguro que también merecen, pero que no veo el porqué de tener que inventar un premio de estos.

Ojala y si sigue hacia adelante en el tiempo, sea yo el único al que no convence y si el año que viene lo recibe alguno de los ejemplos que he puesto pensaré que el premio es para todos, aunque a muchos les dé igual que se lo reconozcan, cuando vuelva a llegar octubre, seguro que hay estará el con sus guantes en las manos, esperando a descargar el primer hierro de la plaza, como todos los años.


Capítulo 1036: Finde en Peniche y Las Islas Berlengas.

  A pesar de que el calendario marcara el mes de julio, saliéndonos de nuestros meses de viaje, nos animamos a ir a tierras portuguesas dond...