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miércoles, 20 de abril de 2011

Capitulo 107: Futbolistas en el exilio.

Aqui os dejo este articulo el cual, merece la pena leerle.


En el 80 aniversario de la
proclamación  de la República, recordamos la historia de varios
futbolistas que pagaron sus ideas con el exilio

PÍO GARCÍA |

Hace hoy ochenta años, Pedro Patricio Escobal López
(Logroño, 1903), capitán y defensa del Real Madrid, repartía abrazos,
lanzaba vítores y se paseaba ufano por las calles. Era un tipo con
suerte. Alto, guapo, de buena familia, ingeniero y futbolista, se
llevaba a las chicas de calle y cautivaba a los amigos con su
conversación culta y chispeante. En los estadios o en los cafés, le
recibían con sonrisas y le llamaban Perico o 'El Fakir'. Afiliado a
Izquierda Republicana, Pedro Patricio Escobal se partiría de risa si
viera los sueldos que se gastan ahora Cristiano Ronaldo o Iker Casillas.
En esos años, Escobal trató de formar un sindicato de jugadores de
fútbol para exigir a los clubes un salario digno. No lo consiguió.

El 14 de abril de 1931, Perico creyó sinceramente que en
España se abría una nueva era. Pero la cosa se fue torciendo y el odio
entre facciones políticas adquirió pronto una consistencia tenebrosa,
casi sólida. Escobal buscó la tranquilidad de su tierra: regresó a
Logroño, ocupó una plaza de ingeniero en el Ayuntamiento, se casó y
militó en el club de fútbol local, que acababa de inaugurar el campo de
Las Gaunas. Su retiro, sin embargo, estuvo a punto de convertirse en su
tumba.

Escobal, que llegó a integrar la selección española en
los Juegos Olímpicos de París (1924), que había conocido la fama y la
vida bohemia, se vio de pronto encarcelado en el frontón de Logroño,
entre piojos y ratas. Por cuatro veces esquivó el pelotón de
fusilamiento. Pasó dieciocho meses enfermo de tuberculosis, sin poder
moverse, en un camastro infecto, con el alma en vilo cada vez que los
militares entraban en prisión para ejecutar a unos cuantos compañeros.
Se vio tan acabado que, delante del temible Millán Astray, reunió las
pocas fuerzas que le quedaban para, en voz alta, cagarse en Franco.

Perico sobrevivió. Gracias a los oficios de su familia
política, bien posicionada, logró salir de la cárcel y marchar al
exilio. En 1940, cogió un buque en Portugalete y acabó en Estados
Unidos. Lo pasó muy mal, pero acabó inventándose una nueva vida:
aprendió inglés, recuperó su antiguo oficio y terminó planificando el
alumbrado público del barrio de Queens, en Nueva York. Mientras
trabajaba como ingeniero al otro del Atlántico, Perico Escobal cogió la
pluma y se decidió a poner por escrito, como en una novela, su
experiencia carcelaria. Publicó el libro en inglés, lo tituló 'Death
Row' y fue un éxito editorial en todo el mundo anglosajón. A España
llegó mucho más tarde, en los años ochenta, convertido en 'Las sacas'.

Pedro Patricio Escobal López murió de viejo, a los 99
años, en la isla de Manhattan. Había vivido muchas cosas, quizá
demasiadas, pero le gustaba recordar, sobre todo, aquellos años
locuelos, cuando era un elegante defensa del Real Madrid que causaba
incendios entre las mujeres. Cuando era, simplemente, 'El Fakir'.


La tragedia del portero

Perico Escobal jamás llegó a conocer a Antonio Pérez
Balada (Nules, 1919). En 1936, el portero levantino hacía sus primeros
pinitos en un equipo de su pueblo, el Peña Misteriosa. Pero a Antonio le
quitaron los guantes y lo mandaron con el ejército republicano a la
batalla del Ebro y, más tarde, al frente del Segre. Allí se hartó de
pegar tiros y, cuando vio que el asunto tenía mala pinta, decidió
desertar. Durante varias jornadas, marchó por la montaña, caminando de
noche, hasta que pudo cruzar los Pirineos. Había llegado a Francia. Por
fin.

Entonces empezó su pesadilla.

Los franceses lo encerraron en un campo de concentración,
junto con otros refugiados españoles. No comían apenas nada y bebían
agua de mar. En Adge, junto al Mediterráneo, los oficiales les lanzaban
lentejas o garbanzos por encima de una empalizada para que ellos se
pelearan por las migajas. Antonio se salvó del hambre gracias a su buena
planta: «Un cocinero francés homosexual nos ofrecía comida si nos
dejábamos tocar. Yo tragaba las tajadas mientras le gritaba: 'mámamela
maricón, mientras yo pueda comer'». Julián García Candau recogió con un
escalofrío el testimonio de Antonio Pérez en su libro 'El deporte en la
Guerra Civil' (Espasa, 2007). Cuando acabó la contienda, Antonio pudo
regresar a la península. Jugó en el Castellón, el Atlético de Madrid y
el Valencia.

Las biografías de Perico Escobal o de Antonio Pérez son
apenas unas gotas pintorescas en un océano trágico, con muchos nombres
propios: Luis Regueiro, Salvador Artigas, Isidro Lángara, Ángel
Zubieta... Los futbolistas republicanos, por pasión ideológica o
simplemente porque la guerra les pilló en zona roja, cortaron sus
carreras en seco y tuvieron que reanudarlas en sitios lejanos: equipos
como el Girondins de Burdeos, el América de México o el San Lorenzo de
Almagro (Argentina) se hicieron poderosos gracias a su talento exiliado.


«Quizá se vieron futbolistas de mayor renombre entre los
republicanos que entre los nacionales, pero hubo gente de todos los
colores», reflexiona García Candau. Mientras que los componentes del
Barcelona o de la selección de Euskadi se embarcaron en giras por el
extranjero, otros futbolistas se batían el cobre en las trincheras.
Agustín Dolz, por ejemplo, pegaba tiros durante la semana en el frente
del Ebro y los domingos bajaba, entre ovaciones, a jugar de medio centro
con el Levante.

«Aunque se dice que la Guerra suspendió las
competiciones, es mentira -refuta García Candau-. Hubo mucho deporte». A
veces, incluso en pleno frente. Era bastante común que los soldados
pactaran una tregua informal para echar un partidillo entre enemigos.
«Gila me contaba que una vez montaron un partido en el frente de
Guadarrama. Ganaron los rojos 7-1 y los nacionales acabaron
persiguiéndoles a tiros», recuerda García Candau.

Con el tiempo, algunos de estos futbolistas pudieron
regresar. Salvador Artigas, el último aviador de la República, se afincó
en Francia y jugó para varios equipos del país vecino. Cuando su amigo y
entrenador, Benito Díaz, lo reclamó en 1949 para jugar en la Real
Sociedad, Salvador se dispuso a cruzar la frontera. Lo hizo por el paso
de Irún, temblando de miedo, con todas sus pertenencias metidas en una
caja de zapatos, mientras su mujer, por si las moscas, se quedaba en
Hendaya.

Artigas incluso llegó a ser seleccionador nacional.
Corrió mejor suerte que otros futbolistas, de los dos bandos, que
pagaron con su vida aquel aciago trienio de furia.


http://www.lasprovincias.es/v/20110414/gente/rojos-roja-20110414.html




"Existen apenas dos formas de ver la vida. Una es pensar que no existen
milagros y la otra es pensar que todo es un milagro"  Einstein

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