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Sufridores del blog.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Capitulo 520: Mi tierra, mi gente.



Domingo temprano cuando el sol todavía no tiene fuerza para calentar la tierra. Tierra llena de agua por culpa de los tres últimos días de tormentas, las cuales además de miedo en las gentes, han dejado el pasto mojado y con ello, un olor agradable y nuevo en el ambiente.

Las vacas esperan impacientes al ganadero que las echa de comer. Imploran para que este no estuviera la noche anterior de fiesta. A lo lejos todavía se puede oír la música de algún coche, que a sus miembros se les ha hecho de día, casi sin darse cuenta.


Las últimas moras cuelgan de los zarzales más limpias que nunca, debido al agua que las ha caído encima. Invitan a cogerlas y comerlas. ¿Por qué no? Aunque hay que comerlas con cuidado puesto que son aditivas y no encuentras luego el final para dejar de comerlas.


Seguimos caminando esquivando los charcos que existen por el cordel. Algunos gurriatos levantan el vuelo cerca de un comedero de ovejas, donde aprovechan el grano caído para comer ellos también. Estas últimas se desmadran por criar a sus corderos, los cuales sufren en días tormentosos para salir adelante. Al pastor se le amontona el trabajo y la noche anterior no disfruta de la fiesta, sabiendo que con “la pariera”, hay que estar más despierto que nunca para realizar bien el trabajo, no está la cosa para dejarse el mismo por el camino.

Con mi perro al lado seguimos hacia delante, la carrera de un conejo delante de nosotros nos saca de la monotonía de dicho paseo. El perro como es natural, sale corriendo tras el, aunque la carrera no le sirve de nada. El conejo logra meterse en su guarida, mucho antes de que mi perro llegue hasta la misma.
Mi hijo disfruta más que yo de dicho paseo. Desde que empezamos años atrás a andar, cada día aguanta más kilómetros a mi lado, aunque es verdad que hay días que por puro aburrimiento, se pone pesado preguntando cuando llegamos al final del mismo.

Cogiendo las moras de los zarzales más bajos, le da alguna al perro, el cual se lo agradece saltando contento a su lado. El olor a pasto mojado se acentúa más si cabe unos kilómetros más adelante y los charcos en el suelo nos demuestran que por ese lugar, la tormenta se cebó bastante más que unos metros atrás.

Un paisano se acerca montado en un ciclomotor. Los perros de una cerca situada más adelante, le saludan y le ladran contentos sabedores de que la comida mañanera está más cerca de ser devorada por toda la ladra.

Tirando piedras al perro y este trayéndolas de nuevo, casi llegamos al final. Pero antes de eso nos encontramos con otro senderista que aprovecha la buena temperatura de la mañana, para pasear a su perra también, a la cual se la va notando en su cuerpo, el paso de los años. Junto a mi perro corren raudos y contentos como si se conocieran de toda la vida, mientras su dueño y yo, vamos comentando las últimas tormentas caídas, las fiestas del pueblo de al lado y el trabajo. Este último sin duda es lo que más nos preocupa a los dos.

Mientras mi pequeño disfruta junto a su perro y su nueva amiga, justo antes de que unos campanillos nos alerten de que un rebaño de ovejas paridas, viene en nuestra dirección. Lo mejor será atar a los perros, no suelen hacer nada a las ovejas, pero es mejor estar prevenidos. El ruido ensordecedor de los corderos y madres balando, nos entretiene un rato y me fijo en la cara de mi hijo, la cual esta alucinada de ver a tanto cordero pequeño junto.

Uno de ellos se despista del rebaño y llega hasta donde él se encuentra. Sin dudarlo un momento le acaricia y al ver que este no se espanta, me pregunta si se puede quedar con él, para jugar. El pastor con ganas de juerga le dice que sí, pero que tiene que ayudarle para poder quedarse con dicho cordero. La madre del borrego se da cuenta de que su hijo se ha despistado y vuelve en su busca. Desafiando a mi perro el cual atado da un respingo hacia atrás, justo antes de que la oveja le intente atropellar.

Después de unas buenas risas y de despedirnos del paisano y del pastor, hemos alcanzado nuestra casa. Con el olor del pasto mojado aun en la nariz y con las zapatillas llenas de barro nos hemos mirado los dos antes de llamar al timbre.


Que suerte tenemos de haber nacido y de poder vivir en nuestra tierra, además de poder disfrutar de la compañía de nuestros vecinos y amigos, los cuales nunca niegan un saludo aunque prácticamente ni te conozcan.

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