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Sufridores del blog.

miércoles, 9 de enero de 2013

Capitulo 416: Que buena gente, es Tio Vicente.





Al principio he de decir que no iba en su busca, y si emparejaba con él, era solo por pura casualidad. Las últimas veces que nos hemos visto, ha sido forzando por mi parte dicho encuentro. Nada difícil si sabes por donde suele parar.

El primer tema de conversación entre los dos, no podía ser otro que el tema del trabajo. Era normal que a él le extrañara verme muy a menudo paseando para arriba y para abajo. Un tío joven como tú y sin trabajar, no me hace sospechar nada bueno, me decía.

 Si, llevo ya algún tiempo parado, le contestaba yo. A lo que él me decía, pero de salud andas bien, ¿no?
Su obsesión por la salud era debido a lo mal que la vida se había portado con él. Perder una hija y a su nieto el mismo día, no es plato de buen gusto para nadie. Es un golpe tan brutal, que quedas marcado para el resto de tu vida. Todo son recuerdos hacia ellos. Aunque intentes seguir viviendo con esa pena en el corazón, es imposible. Según me contaba esto, sus ojos se humedecían detrás de sus gafas. Pero al mismo tiempo de estarme contando esto, sacaba fuerzas de flaqueza y me preguntaba por mi estado civil. Como si fuera más importante eso, que lo que me acababa de contar.

Ante tales confesiones, lejos de saber que decir a una persona, tengo comprobado que es mejor escuchar en silencio. Intentando no emocionarte mucho, o si lo haces, que no se note. Creo que alguien que lleva esa pena por dentro, lo que intenta es de una manera u otra, compartirla, o por lo menos disimularla.
En una de esas conversaciones nuestras, mientras yo le preguntaba por sus ovejas. El me decía que no tenía nada más que una. Y esa oveja, salía en una foto que tenía en casa, junto a su nieto. _No fui capaz de venderla_ me decía. Me trae tantos recuerdos cada vez que la miro, que es raro el día que no dejo escapar alguna lagrima.


En ese instante, pasaba delante de nosotros un rebaño de ovejas, las cuales eran de otro vecino nuestro. Entre ellas, según me explicaba Tío Vicente, se encontraban ovejas suyas.
_ ¿Ves aquella negra y aquella de mas allá y esa que va parida con el borrego a su lado? Esas las había comprado mi nieto, ¡me cago en la mar!

 Otra vez volvía a su cabeza o mejor dicho, salía de su boca un recuerdo para su nieto, porque de su cabeza, no había vuelto a salir en ningún momento.
De nuevo cambiando de tema rápidamente, me preguntaba por mi perro. El cual parecía ser otra persona más en aquella conversación. Puesto que sentado enfrente de los dos, nos miraba fijamente esperando alguna señal mía o alguna orden.

_ ¿Caza?

_ No. Y tampoco quiero que cace. Prefiero que venga siempre cerca de mi cuando voy andando. Me gusta andar por todo el campo y llevar un perro cazador conmigo, me puede traer nada mas que problemas.

_ Bueno, le puedes enseñar y luego dársele a algún cazador amigo tuyo.

_ ¿Dar el perro? Si hombre, me mata mi hija. Con el cariño que le tiene, además, que el perro es suyo, lo que pasa que quien le saca soy yo. Como pasa siempre en todas las casas. Caprichos de niños que mantienen los padres.

_ Sabes, _seguía diciéndome tío Vicente_ mi nieta me trajo hace tiempo un perro, yo no quería tener más. Tengo en el corral dos y me sobran. Pero este perro era un capricho suyo y me hizo quedarme con él. Un día limpiando un cajón que tenía mí nieto _otra vez su nieto_ para las palomas, me subí en un escalón para llegar mejor. Mis piernas torpes, no aguantaron el peso de mi cuerpo y me caí hacia atrás. Con tan mala suerte, que me di con un bordillo en la cabeza y perdí el conocimiento. Lo primero que mis ojos vieron cuando recobré el conocimiento, fue aquel cachorro mordiéndome la manga del jersey, intentando levantarme. Al no obtener respuesta por parte mía, se subió encima y empezó a lamerme la cara. Yo creo que fue lo que me hizo despertar. Aquellos lamidos de aquel cachorro,  fueron la medicina que en aquel instante yo necesitaba.

A partir de aquel día, ese perro es un nieto mas para mí. Le quiero mucho y espero que no le pase nada. No soportaría tener que perderle a él también.


Desde aquel día, cambio a menudo el rumbo de mis paseos. Por lo menos una vez a la semana, intento hacerlos coincidir por delante de la cerca de Tío Vicente. El cual al oír mi voz, viene siempre a mi encuentro y una vez los dos cara a cara, nos contamos nuestras penas y alguna alegria de vez en cuando

¡Qué buena gente es Tío Vicente.!

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