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Sufridores del blog.

jueves, 9 de mayo de 2013

Capitulo 480: El hombre que susurraba a los tomates.


La vida no fue justa con él, aunque quien es el guapo a decidir lo que es justo y lo que no. El siempre agachó la cabeza y aguantó lo que se le vino encima. Algunas veces con más dolor que otras. Estaba claro que el recibir golpe tras golpe, le había hecho un hombre de hierro, lo más parecido a un boxeador, que lejos de rendirse y dejar su profesión, necesitaba de aquellos golpes.

Recuperándose de uno de esos golpes estaba, cuando alguien cercano a él le ofreció aquel terreno, donde si él quería, podía dedicarse a pasar el rato. Disponía de una gran tierra donde poder sembrar y dedicarse a la horticultura, aunque bien es cierto que jamás antes, había hecho nada de aquello. Nunca le dio por fijarse en la gente que tenia huertos, ni tampoco preguntar cómo se sembraba esto y aquello, quizás porque hasta la fecha, nunca le había llamado la atención.

Le pidió unos días de reflexión a quien le ofreció aquel huerto, antes de tomar una decisión. Aunque fuera una tontería, las tres siguientes noches no durmió bien. Cada dos por tres le venían las imágenes de aquel huerto junto a las lechugas, tomates y alguna hortaliza más que no lograba adivinar lo que era. Así al cuarto día, decidió decirle que si y quedarse con aquellas tierras, donde poco a poco, lograría pasar los días sin pensar en nada que le hiciera daño.

Los primeros días fueron duros, tuvo que “zachar” todo el huerto, que mostraba los años que llevaba sin que nadie le hubiera trabajado. Llegaba todos los días a casa cansado como nunca hasta la fecha, pero lejos de amilanarse, aquello le daba más fuerzas para levantarse al día siguiente con las mismas ganas de trabajar que el día anterior. Así poco a poco, en pocos días, lo tuvo todo cavado. Lo siguiente seria el decidir que sembrar y lo que es peor, como hacerlo, puesto que no tenía ni idea.

Un amigo de la infancia se ofreció un día que paso por allí, a enseñarle cuando tuviera toda la tierra movida y así lo hizo cuando Tomas, se lo pidió. Los dos juntos una mañana, se dedicaron a sembrar cebollas. Al día siguiente sembraron patatas y días más tardes, unos ajos. En apenas dos meses Tomas tenía aquel huerto que no se le conocía. Todo estaba verde y pronto empezó a recoger los frutos sembrados. Fue un orgullo para él, coger las primeras cebollas, que junto con alguna lechuga, le sirvieron para cenar varias noches. Todo le iba bordado, se le notaba feliz y apenas tenía tiempo para pensar en sus desgracias.

Cuando se dio cuenta de que no era capaz de comerse todo lo sembrado, empezó a regalar de todo. Alguna que otra vez, si quien le pedía algo era gente de bien, en lugar de regalarlo, se lo vendía. No le hacía falta el dinero, pero sus principios y sus recuerdos, le impedían regalar por igual a unos que a otros.
No todo era sembrar y recoger, había épocas en las que el trabajo era más duro y tenía que esforzarse un poco más. Pero le daba igual, era feliz en su huerto. Preparó una especie de chabola para los días de lluvia poder refugiarse y de esa manera pasaba los días de invierno en los que siempre había algo que hacer también en el huerto.

Había pasado más de un año desde que sembrara aquellas primeras cebollas, cuando el que le había prestado el huerto fue a verle a su casa. Con gesto serio le dijo que había vendido el huerto, puesto que le había salido una buena oferta y no había podido resistirse. Aquella noticia le sentó como un golpe bajo, un dolor de estomago le entró de repente y por arte de magia, le vinieron ganas de vomitar. ¿Cómo podían hacerle eso? ¿Por qué ahora cuando mejor le iba en la vida?

Le dieron dos meses de plazo para que recogiera todo lo sembrado, antes de que las maquinas comenzaran a construir una gran casa que el nuevo dueño, quería prepararse.

Sin ganas de vivir, Tomas iba al huerto todos los días, pero aquello ya no era felicidad. Parecía más un funeral que cualquier otra cosa. Y es que la verdad que lo era. Las patatas dejaron de existir, al igual que las cebollas, los ajos y las lechugas. Tampoco quedó ningún haba, ni ninguna fresa. Todo lo fue arrancando poco a poco. Así el día que cumplía el plazo que le habían dado, aquel huerto se parecía más a un desierto.

El día que vio las maquinas allí trabajando no pudo aguantar aquello y decidió ir a su casa, hacer una maleta con algo de ropa y se dirigió a la residencia que existía en su pueblo. Después de hablar con el encargado, le dieron una habitación en la cual alojarse, y allí se dispuso a esperar paciente a que llegara su día.

Todavía años después, se sueña con aquel huerto lleno de tomates, lechugas y las mismas hortalizas que años atrás, nunca supo lo que fueron, y que ahora, no se siente con fuerzas para adivinarlo.

1 comentario:

  1. Otra bonita historia. Con qué facilidad, el ser humano, se desplaza "agarrado" a sus sentimientos desde un extremo al otro, siendo como en este caso, algo que le viene dado al protagonista y sobre lo que él, poco puede hacer para cambiar la situación.

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