Páginas vistas en total

Sufridores del blog.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Capitulo 540: Ni frío, ni leches.




Hacia tiempo que me había fijado en él. Su forma de resolver los auto definidos y algún que otro sudoku, no me habían dejado indiferente. Apenas veía bien y con sus gafas irrompibles, que veinte años atrás había comprado, seguía apañándose para leer y también, ver un poco la televisión.

Tío Manolo me decía al verme trabajar con este frío y quejarme de ello, que se acordaba mucho de cuando fue pequeño. Su padre antes de tiempo, le quitó de estudiar, aunque a él se le daban fenomenal las matemáticas de por aquellos años, es decir, sumar, restar y multiplicar. Dividir era para gente mas super dotada. La necesidad hizo que tuviera que ayudar a su padre en las tareas que este, tenia asignadas. Durante esta época, el trabajo era hacer picón, entre otras cosas. Por eso cuando daban las siete de la mañana, tio Manolo y su padre, salían rumbo a una de las fincas donde los amos, les habían dado permiso para cortar o podar, como prefieran llamarlo. El permiso era muy relativo, puesto que el acuerdo era que la leña quedaba en la finca y ellos, podían hacer el picón con las "taramas". De dicho picón, un porcentaje también era requisado por los dueños de dichas fincas, por lo que a tío Manolo y su padre, les quedaba poco que agenciar al acabar el día.
Tirando de las riendas de un par de burros que tenían, se desplazaban hasta el lugar. Tío Manolo prefería hacer el camino andando. Decía que montado en la bestia hacia mas frío todavía si cabe.
Su padre sin embargo, era un hombre recio y fuerte y según su hijo, aguantaba el frío como nadie ha llegado a conocer jamas en la vida. Salia de casa montado en el burro y llegaba a la finca montado en el. No le asustaban las heladas caídas ni el aire que mas de una mañana se levantaba de forma desagradable y les acompañaba casi todo el día.

Lo peor de aquel trabajo sin duda, eran las grietas que nos salían en las manos, me contaba tío Manolo. Era imposible lavártelas con aquel agua hecha carámbano, y si lo intentabas hacer algún día, el dolor era insoportable durante el viaje de vuelta. Menos mal que mi padre se apenó de mi y me dejó llevarme una especie de cazuela, donde en una de las piconeras, me atrevía a calentar una poca de agua para poder lavarme antes de venirnos a casa.
Mi padre sin embargo tenia otro remedio mas eficaz. En la primera meada del día, ponía las manos y se las mojaba con la orina. Sin duda para él, aquello era mano de santo y pocas veces le vi quejarse de alguna grieta en sus manos. A mi no me quedó mas remedio que con el paso de los días, imitarle y hacer lo mismo que el hacia, por lo menos conseguí entre esa acción y el calentar algo de agua, que mis jóvenes manos no envejecieran antes que yo.

Para comer aprovechábamos que alguna de las piconeras estuviera apunto de ser apagada. De esa forma la lumbre no era molesta y ese rato estábamos calientes al lado de ella. El cuscurro de pan con el trozo de tocino añejo de la matanza del año pasado, me sabia a gloria. Mi padre siempre me partía el trozo mas grande que el suyo. Decía que yo estaba en edad de crecer y que a el no le hacia falta comer tanto.
Poco rato después de habernos sentado a comer, estábamos de nuevo en pie para apagar la piconera antes de que se nos pasaran las brasas. Creo que ni siquiera parábamos media hora, la noche en este tiempo se echaba pronto encima y teníamos que tener cargados los burros con el picón, antes de que dejara de verse.

Si por la mañana habíamos pasado frío camino de la finca, por la tarde una vez que caía el sol, no te quiero ni contar como se quedaba el cuerpo. El camino de vuelta se hacia interminable y se juntaba el cansancio de todo el día trabajando, con el cansancio de ir andando y tirando de los burros que mas de una vez, tozuda mente se paraban sin querer seguir andando.
Al llegar a casa la cena estaba preparada. Con mis manos llenas de grietas apenas era capaz de coger la cuchara para comerme aquel caldo que llamaban sopas y que sabían a gloria a pesar, de tener agua caliente y poco mas.
No tardaba mucho en acostarme, puesto que al día siguiente había que repetir la misma operación. Lo único que pedía a Dios, era que no hiciera tanto frío como el que ese día había hecho. Pero al día siguiente cuando mi padre me llamaba para levantarme y recién vestido me asomaba a la puerta de casa, me volvía a dar cuenta que el día amanecía igual de frío que el anterior. Con lo que toda la penuria pasada el día anterior, volvía a ser la misma en el nuevo día. Y así un día tras otro, en aquellos inviernos largos como ya no existen.

Al acabar dicha conversación, me di cuenta de que tío Manolo tenia los ojos brillantes y a mi, por arte de magia, se me había quitado el frío que todo el día me había acompañado. Sin duda alguna que me sentí avergonzado de quejarme de frío, ante una persona que tiene la piel curtida por los duros años que le tocó vivir, como si fuéramos nosotros los únicos que hemos pasado algo de frío trabajando...













1 comentario:

  1. Otro homenaje a oficios y trabajos que sólo existen en el recuerdo de los mayores y que al resto nos deberían servir para valorar un estilo de vida que no deja de ser un privilegio en comparación al de aquellas personas.
    Buen capítulo una vez más.

    ResponderEliminar