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Sufridores del blog.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Capitulo 409: Un cuento de Navidad.......



… O, de cualquier otra fecha.




La sembró su abuelo hacia ya casi sesenta años. Había resistido a los temporales de aire, a las bocas hambrientas de muchos animales y lo más difícil aun, a la mano del hombre.
Su abuelo la tuvo como una fiel compañera. El pastoreo día a día alrededor de ella, le había hecho sin duda cogerle un cariño muy especial. La protegió de pequeña con una especie de cercado a su alrededor, de esa manera, además de protegerla de las bocas de sus ovejas y cabras, la iba guiando todo lo derecha que se podía.

Al quinto año ya levantaba casi setenta centímetros del suelo. Aquel pastor sabía perfectamente que no iba a llegar a conocer a dicho árbol en su plenitud, por eso era necesario implicar en su cuidado a más personas de su familia. Lo tenía claro, su hijo debía de ser el primero en implicarse, puesto que era fácil que acabara ejerciendo el mismo oficio que su padre, por lo que pasaría muchas horas y muchos días, alrededor de dicho árbol.

Para convencerle de que había que cuidar aquella encina, las primeras navidades en las que el árbol iba cogiendo altura, le adornaron con cintas y bolas de navidad, de ese modo aquel niño empezaba a querer a aquel árbol, que poco a poco iba destacando en aquel llano, en el que la única sombra que se podía tomar en pleno verano, era la de nuestra encina.

En el lecho de muerte aquel hombre no se olvidó de nuestro árbol y sabiendo que su vida se agotaba, se dirigió a su hijo diciéndole que cuidara de la encina. Que implicara también a su nieto en su cuidado y que por nada del mundo se la dejaran morir. Su hijo con lágrimas en los ojos, le prometió que nada ni nadie destruirían aquella encina.

Con treinta años encima aquel árbol empezaba a dar sus frutos, bellotas. Que cabras y ovejas devoraban cada día al pasar por él. Un día aquel pastor se dio cuenta de que debían de podar aquella encina para que siguiera creciendo como era debido, así que cogió a su hijo una mañana y se lo llevó con él al campo. El hijo extrañado con el comportamiento de su padre, le dijo: 

_Padre tengo que ir al colegio, no puedo ir con usted al campo.

_ Es igual hijo, hoy no hace falta que vayas al colegio, la lección de hoy te la doy yo en el campo.
El hijo haciendo caso a su padre, salió detrás de él con aquel rebaño de cabras y ovejas, que todas las mañanas a la misma hora partían dirección norte, en busca de los pastos y hierbas que había por los cordeles y cañadas.

Al llegar delante de aquella encina, el padre sacó de su zurrón un hacha, con la que después de subirse en la encina, comenzó a cortar algunas de sus ramas.

_ Padre, gritó el hijo, ¿para qué me ha traído usted aquí?

El padre le ignoró y siguió con su faena. Unos minutos después la encina no parecía la misma. Había perdido frondosidad y ahora parecía más joven que antes de la poda. Por su puesto que su sombra era ridícula y apenas cobijaba en ella a un par de personas.

_ ¿Te has fijado en lo que acabo de hacer?, preguntó el padre al hijo.

_ Si padre, ha cortado usted las ramas de esa encina y las ha dejado en el suelo.

_ Esta encina _ siguió el padre hablando_  la sembró tu abuelo hace ya bastantes años. El me encomendó su cuidado y su preparación. Por eso acabo de podarla, para que siga creciendo. Como puedes ver es la única encina que hay en el entorno y por eso la queremos como si fuera familia nuestra. Algún día no muy lejano, tú serás el encargado de su cuidado. Tendrás que podarla cuando sea necesario e interesarte por su salud. En verano tendrás que limpiar los alrededores para que cualquier posible incendio, no acabe con su vida. Si esto ocurriera, sería como si muriera algún familiar cercano nuestro. ¿Sabes ya lo que te quiero decir?

_ Si padre, pero si algún día acabo mis estudios y me voy fuera del pueblo a trabajar, no podré cuidar a nuestra encina.

_ Eso está en tu conciencia, por muy lejos que te encuentres, siempre podrás encontrar un hueco para venir en época de poda a hacérsela y de vez en cuando, pasarte para ver que nadie ha maltratado a nuestro árbol.

Así fue como lo hizo durante varios años, una vez que su padre se fue de este mundo, víctima de una enfermedad que no dudó en quitarle del medio, quizás demasiado joven. La encina era ya un árbol impresionante, tanto que cuando tocaba podarla, aquel hombre tenía que pedir una escalera en el pueblo y hacer equilibrismo por sus ramas para no caer, mientras realizaba la poda. Allí, en el pueblo, decían que estaba loco, puesto que solo cogía las vacaciones en su trabajo, en la época de poda y al principio del verano, antes de todo el mundo. Él, lo sacrificaba todo tan solo por venir ante su “hermana”. La podaba y más adelante en el tiempo, limpiaba su alrededor de pastos, para que si por alguna casualidad se declaraba un fuego, no le hiciera ningún daño a su encina.

Un día recibió una llamada del dueño del bar del pueblo, advirtiéndole de que los políticos de su pueblo, habían decidido trazar una carretera paralela a la que ya existía y la encina estaba justo en las lindes de aquel trazado. Alarmado por aquella llamada de teléfono, habló con su jefe y le pidió unos días libres. Tuvo que mentirle diciendo que un familiar cercano estaba enfermo y peligraba su vida. No se atrevió a decirle que aquel familiar era la encina, temía que le negara aquellas mini vacaciones forzosas.

Esa noche partió hacia el pueblo, no quería perder ni un solo instante, asustado por las consecuencias que podía tener aquella dichosa carretera. Al llegar, ya había amanecido y lo primero que hizo fue acercarse hasta la encina. Las obras ya habían comenzado y tan solo el perímetro de la encina, se había salvado de las maquinas excavadoras. Se conoce que estaban intentando buscar una solución para aquel enorme árbol.

Nada más bajarse del coche, las lágrimas empezaron a desfilar por sus mejillas. Corrió hasta la encina y se abrazo a ella. Como si de un familiar se tratara empezó a hablar con ella. ¿Qué te han hecho? ¿Cómo se han atrevido a tocarte?

Volvió al coche y sacó del maletero unas cadenas y un macuto donde traía comida para varios días, fue lo único que le dio tiempo a coger antes de partir. Se puso las cadenas alrededor de su cuerpo y se ató al árbol con ellas.

Al poco rato de estar allí sentado, empezaron a acudir los obreros de dicha carretera, los cuales extrañados por su presencia, hablaban entre ellos.

_ Tendremos que avisar al encargado, decía uno de ellos. Hay un loco atado a la encina y no tiene pinta de querer irse de ella.

_ Si, decía otro de los obreros. O le avisamos o le damos un susto con la máquina, veras como sale corriendo de ahí.

Pero ellos no sabían la historia que unía a aquel hombre con aquella encina. El jamás la dejaría sola y mucho menos permitiría que la hicieran ningún daño.

Los obreros intentaron asustarle, pero él ni se inmutó. Siguió en la misma postura que tenía ante la mirada del maquinista y sus compañeros, que no tuvieron más remedio que avisar al encargado. Horas después allí estaban todos los jefes de la obra, explicándole a nuestro hombre que habían decidido trasplantar el ejemplar de encina, como si eso no supusiera la muerte de la encina.

_ No, yo de aquí no me muevo, esta encina es mi vida y la de mis antepasados y de aquí no se mueve. Les dijo.

Los obreros empezaron a contar en el pueblo que un loco se había atado a una encina para que ellos no la trasplantaran. Al correrse las voces por el pueblo la gente se acercaba hasta donde nuestro hombre seguía atado para ver con sus propios ojos que aquella noticia era cierta. El tabernero que fue quien le avisó, decidió unirse a él y por la tarde llego al lugar con más comida y unas cadenas, las cuales unió  a las de nuestro hombre. Al día siguiente eran ya más de diez personas las que se habían atado a nuestra encina. Por la tarde llegaron los medios de comunicación y los periodistas, que rápidamente comenzaron a difundir aquella noticia. Los encargados de realizar aquella obra no daban crédito a aquello y maldecían a aquel hombre por haber iniciado aquella revuelta, que les iba a suponer un enorme retraso en las obras, con la consiguiente pérdida de dinero.

Las dos primeras noches hacia tiempo bueno, pero la tercera comenzaron a bajar las temperaturas y la gente empezó a notarlo. Muchos de los que allí estaban atados prefirieron irse a sus casas y para la cuarta noche que llegó la nieve, tan solo quedaban el tabernero y otros dos hombres, los cuales habían conocido al padre de nuestro hombre y sentían de verdad aquel mismo cariño por su entorno y por la naturaleza.
Los encargados ordenaron a sus obreros que montaran guardias alrededor de la encina, así, nada más que abandonara el último de los allí atados, empezarían con el trasplante de la misma.

Por suerte la historia llegó a todas las televisiones nacionales y aquel cuadro de aquellos hombres allí atados con la nieve a su alrededor, dio la vuelta al mundo. Empezaron a llegar gentes de toda España, desde ecologistas a gente que estaba en el paro y quería ayudar a la supervivencia de aquella encina. Que por otra parte, ya la habían bautizado en las televisiones como la “encina nevada”. Los políticos de alto nivel se hicieron eco de la noticia y para no quedar peor de lo que ya estaban quedando, decidieron personarse en el lugar y entre todos meditar la mejor solución.

Casi un mes después de estar allí atados, obtuvieron una respuesta por parte de la empresa. Con su aptitud habían logrado modificar los planos de dicha carretera y se había optado por hacer una rotonda justo alrededor de nuestra encina. De ese modo todo seguiría igual, la carretera continuaría y la encina seguiría en su sitio.

Cuando recibieron la noticia los allí atados lo celebraron por todo lo alto, corrió el champán y los abrazos entre todos fueron múltiples. Nuestro hombre duramente atacado por su estancia en aquel lugar, lo celebró como buenamente pudo y ante la visita de su familia, se derrumbó entre lágrimas y suspiros. Los acompañantes decidieron llamar a la ambulancia y esta, se le llevó al hospital, donde casi un mes después, salía totalmente curado y repuesto.

Su primera visita estaba clara cuál iba a ser, la encina. Allí se presentó con su mujer y sus tres hijas, las cuales estaban orgullosas de cómo su padre habían actuado. Agarrados todos de las manos, abrazaron a la encina, en memoria de todos sus familiares que tanto habían peleado por que ella existiera. Pero seguro que ninguno peleó tanto como nuestro hombre, que cada año por la fecha de la poda, sigue acudiendo junto a su encina para pasar con ella una semana. Está enorme y junto a ella hay un cartel en donde puede leerse: “Encina de las nieves”

Moraleja: No tienes por qué dar tu amor tan solo a personas, existen más elementos en la naturaleza que poder amar, los arboles entre otros muchos. El cariño y amor no se da solo en Navidad, debiéramos de mostrarle siempre y así todos juntos, salvaríamos millones de árboles o lo que es lo mismo, millones de vidas.


Feliz Navidad y Feliz año. O como lo prefieran ustedes.

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